Varias personas que leyeron la anterior columna me hicieron este comentario: "me dejaste pensando en lo que debo llevar en mi mochila y si lo que le he metido hasta ahora es suficiente". La buena noticia es que se puede sacar lo que no aporta y meter lo nuevo. También hice mi propia autoevaluación en un segundo hervor y me encontré con el sueño, ese que me falta mejorar y lo que parece ser más complejo de controlar naturalmente.
Fui a buscar respuestas y terminé reencontrándome con un viejo conocido.
Cuando nació mi primer hijo, un libro nos salvó las noches: Duérmete, Niño, del dr. Eduard Estivill. Así que busqué nuevas investigaciones, y lo que encontré no me dejó excusas.
Si vivimos 90 años habremos dormido 30 de ellos. Cada noche bien dormida construye el día que viene. Cada noche mal dormida lo cobra y cada día bien vivido, construye una buena noche.
Y los datos no dejan lugar a dudas: dormir menos de siete horas afecta negativamente a la longevidad de forma más directa que una mala dieta o la inactividad física. El insomnio se asocia con un aumento del 45% en el riesgo de desarrollar o morir por enfermedades cardiovasculares. Mientras dormimos, los canales internos del cerebro se abren un 60% para eliminar los desechos del día, lo que permite que la limpieza de proteínas tóxicas se duplique, las mismas asociadas al Alzheimer. En otras palabras, el sueño es el taller de mantenimiento del cuerpo.
El dr. Estivill lo dice sin rodeos: El sueño empieza cuando abrimos los ojos. Lo que hacemos durante el día determina cómo dormimos en la noche. La luz, el movimiento, la comida, las pantallas, y, sobre todo la mente. Porque la mente que no se desconecta durante el día es la misma que no para en la noche.
Y hay algo más que el dr. Estivill denuncia: la ciencia ha sido históricamente machista en el estudio del sueño, ignorando que las mujeres representan el 60% de los casos de insomnio. ¿Por qué dormimos peor? Dos causas: los cambios hormonales y el rol social.
Desde la primera menstruación hasta la menopausia -pasando por el embarazo y el posparto- cada etapa fragmenta el sueño femenino de formas que la ciencia apenas empieza a estudiar.
Y luego está la carga mental invisible, esa que no aparece en ningún contrato, pero que todas conocemos. La mujer llega a casa agotada y no se sienta. Sigue. Mientras el cuerpo pide pausa, la cabeza sigue activa: el pediatra, la nevera, el reporte que le faltó, la ropa de los niños de mañana... y un sinfín sin hora de cierre. Ese interruptor que no encuentra el apagador -lo que los especialistas llaman síndrome de mente inquieta- es el mismo que nos roba el sueño en la noche.
Entonces sí, el buen sueño es lo primero que va en mi mochila. Sin él, todo lo demás pesa el doble.
Mujeres, la desconexión no se pide, se decide.