El Consejo de Estado nos acaba de dar un regalo para el futuro de Manizales. Eso sí, será un regalo solo si sabemos aprovecharlo. El 19 de febrero decidió en segunda instancia sobre la violación masiva de derechos colectivos en la Comuna San José, luego de 15 años del macrodesastre que borró manzanas y manzanas hasta dejar una comuna en ruinas y lotes desiertos.
El alto tribunal dio por cerrada toda discusión y reconoció que sí se hicieron las cosas mal. Ya no caben justificaciones ni medias tintas sobre la negligencia de lo que pasó. El proyecto lleva más de 16 años sin resultados claros. La planeación cambió demasiadas veces y los habitantes de la Comuna se han llevado la peor parte. Unos sin casa y otros sin las condiciones mínimas de espacio que cualquiera llama “barrio”.
La Comuna ha visto disminuir su población en casi un 60% entre el 2010 y el 2024, según los datos que desde Manizales Cómo Vamos presentamos en el cabildo abierto de San José el año pasado. Pero lo que quedó en pie fue el sentido de comunidad, que ahora logra este triunfo y nos da esta oportunidad. La decisión deja ver que sí existe un daño, como el que deja cualquier acto de guerra, cualquier acto que se hace con intención o con culpa. Y el daño, dice la decisión, fue social. Las demoliciones inconclusas dejaron viviendas debilitadas. Aparecieron problemas de seguridad y salubridad. Los equipamientos prometidos nunca llegaron y en su lugar se inventaron obras facilonas que no atendían el problema central.
A eso se sumó otro golpe, según el alto tribunal: la liquidación de la ERUM, que dejó el proyecto sin una gerencia estable. El resultado ha sido un proceso largo, incierto y desordenado. Sin una visión estratégica clara. Entre el 2010 y el 2017 hubo ocho resoluciones modificatorias. Cada ajuste alteró el propósito: primero renovación, luego vivienda, luego espacio público, luego renta del suelo… y nada. Cada cambio debilitó la confianza. También se evidenció falta de coordinación entre entidades. Según dice el Consejo de Estado, el macroproyecto nunca terminó de articularse con el Plan de Ordenamiento Territorial de Manizales. Y ya no es la oposición, ni los del partido contrario, ni los voceros de la comunidad, lo dijo la justicia.
La sentencia puede leerse de dos maneras: como una condena al pasado o como una oportunidad para el futuro. Prefiero, ya en este punto, la segunda. Durante años la discusión se quedó atrapada, ya no tanto en señalar culpables -porque nos cansamos y nos ganó la impunidad- sino en que nadie quiere meter las manos hasta el fondo porque ninguno se siente responsable.
La decisión judicial permite mover el foco. Nos propone un reto colectivo. Uno de esos que decimos buscar en todas las mesas de innovación, menos en San José. La ciudad tiene ahora un marco para corregir errores con la sentencia, que ordena corregir la planeación del proyecto. Exige un plan con fuentes de financiación claras. Ordena plantear indicadores y seguimientos periódicos con tableros públicos en la mano. Durante años el macroproyecto se movió sin metas claras. Sin herramientas para medir avances. Ahora eso debería cambiar.
Hay una orden del Consejo de Estado que merece especial atención: la creación de una mesa interinstitucional trimestral. Allí deberán sentarse el Municipio, la Personería -que fue la demandante- y el Gobierno Nacional. Incluso con presencia de la comunidad. Es para tomar decisiones, con la convicción de que si son responsables ahora, lo son de las soluciones. Estas herramientas pueden transformar la discusión. Dejar el olvido y pasar a las decisiones. Dejar la señaladera y pasar a las metas.
Pero hay una prioridad que no debe olvidarse. Antes que cualquier nueva obra, hay derechos que reparar: las familias afectadas, las condiciones de espacio público, la calidad de vida deteriorada. La gente, antes que el decorado. Eso fue lo que motivó la decisión judicial. Resolver ese daño es el primer paso. San José no es solo un problema heredado. Es también una oportunidad. Una oportunidad para corregir. Para reparar. Nunca antes estuvo más claro que una ciudad puede aprender de sus propios errores. ¿Queremos hacerlo?