En mis investigaciones sobre participación ciudadana, gobernanza y política pública he trabajado de manera sistemática la teoría de la estructuración de Anthony Giddens, especialmente a partir de La constitución de la sociedad (Amorrortu, 2006). Su planteamiento ha sido un soporte analítico central para comprender que las estructuras sociales no existen al margen de las prácticas que las producen y reproducen. La sociedad no es algo externo que simplemente nos determina; la construimos cotidianamente. Desde ese marco, la pregunta por la crisis política adquiere otra profundidad. Más allá de diagnósticos sobre corrupción, polarización o deterioro institucional, quizás debamos preguntarnos algo más básico, ¿estamos perdiendo nuestra confianza fundamental como sociedad?
Giddens afirma que toda sociedad requiere una “confianza básica” que permita experimentar continuidad y estabilidad en el mundo social. Esa idea se articula también con su análisis de la modernidad en Consecuencias de la modernidad (Alianza, 1994), donde explica que vivimos en contextos de “desanclaje” porque las tradiciones pierden su fuerza automática y todo se vuelve objeto de reflexión. Esa apertura es profundamente democrática, pero también genera ansiedad. Cuando la confianza se debilita, las reacciones cambian. Se buscan certezas rígidas. Se intensifican las identidades. Se sospecha del otro. Cada desacuerdo comienza a interpretarse como amenaza.
Este fenómeno no puede analizarse al margen del clima discursivo contemporáneo. En La era de la crueldad. El discurso político contra la política (2023), Fernando Pittaro y Martín Szulman sostienen que el lenguaje político actual está atravesado por una aceleración permanente, una simplificación extrema y una emocionalización estratégica. El discurso deja de ser espacio de deliberación y se transforma en dispositivo de confrontación. La polarización no es un accidente; es una estrategia narrativa que capitaliza la ira y reduce la complejidad.
En Colombia, esta reflexión tiene un peso histórico particular, somos una sociedad marcada por décadas de conflicto armado y sabemos lo que ocurre cuando la diferencia deja de tramitarse en el lenguaje y se convierte en violencia. Por eso la degradación del discurso público no es un asunto menor. En contextos con memoria de guerra, la deshumanización simbólica no es solo retórica; puede tener consecuencias reales. El conflicto es inherente a toda democracia plural. Intereses distintos, proyectos divergentes, debates intensos; todo ello forma parte de la vida democrática. El problema surge cuando el conflicto se transforma en erosión del suelo común.
La teoría de la estructuración -tal como la he trabajado en mis investigaciones- recuerda algo decisivo, las estructuras sociales son simultáneamente medio y resultado de nuestras prácticas. No somos meras víctimas de un sistema externo; participamos en su reproducción. Cada vez que simplificamos al otro en un estereotipo, cada vez que atribuimos mala intención automática, cada vez que convertimos la diferencia en sospecha moral, contribuimos a debilitar la confianza básica. La “era de la crueldad” no se instala únicamente en los grandes discursos. Se filtra en la conversación cotidiana, en la rapidez con la que etiquetamos, en la facilidad con la que cancelamos. Así se deteriora el tejido social. Bien sabemos que el desafío contemporáneo no es eliminar el conflicto -algo imposible-, sino aprender a tramitarlo sin destruir el vínculo social. Disputar sin degradar. Diferir sin deshumanizar. Reconocer que la pluralidad no es amenaza, sino condición de la democracia. Si Giddens tiene razón, la pregunta no es únicamente quién gobierna. La pregunta es ¿cómo estamos reproduciendo nuestra vida social? Porque, al final, la sociedad que habitamos es también la sociedad que producimos.