Foto I Cortesía para LA PATRIA   Felipe Olaya Arias, consultor en gestión pública e innovación y columnista invitado de LA PATRIA.

Foto I Cortesía para LA PATRIA 

Felipe Olaya Arias, consultor en gestión pública e innovación y columnista invitado de LA PATRIA.

Autor

Por: Felipe Olaya*

@olayafelipe

 

En diciembre, Colombia se llena de luces, música, reuniones familiares y una alegría contagiosa que recorre las calles. Para los niños, es quizá la época más emocionante del año: vacaciones, juegos, regalos, novenas, primos, parques y, cada vez más, muchas horas conectados a Internet.

Pero detrás de esa magia decembrina hay una realidad que no podemos ignorar: la temporada navideña aumenta tanto los riesgos digitales como los riesgos físicos para la niñez. Y si queremos protegerlos, debemos mirar ambos mundos con la misma seriedad.

Durante las vacaciones, los niños y adolescentes pasan más tiempo en redes sociales, videojuegos y aplicaciones de mensajería. Y lo hacen, en la mayoría de los casos, sin acompañamiento suficiente.

En estos entornos el riesgo no es abstracto. Es real. Ciberacoso, suplantación, retos peligrosos, adultos que se hacen pasar por menores, mensajes abusivos, robo de cuentas, contenido inapropiado. Todo esto ocurre mientras los adultos están distraídos preparando cenas, reuniones o compras de fin de año.

Muchos padres creen que por limitar el tiempo de pantalla están protegiendo a sus hijos. Pero los estudios muestran algo distinto, el problema no es solo cuánto tiempo pasan conectados, sino cómo lo hacen, con quién hablan y qué contenido consumen. Y, en Colombia, los niños están accediendo a redes sociales mucho antes de la edad permitida.

En esta época, además, llegan los regalos tecnológicos: el primer celular, la consola soñada, el videojuego del momento. Son regalos maravillosos si vienen acompañados de algo más importante que el dispositivo: educación, límites, supervisión y diálogo.

La herramienta más poderosa para cuidar a un niño en Internet no es un filtro, ni una app, ni una configuración. Es la confianza. Hablar con los niños sobre lo que ven, lo que los asusta, lo que no entienden, lo que los confunde. Explicarles que un desconocido en redes es tan peligroso como un desconocido en la calle. Que nadie debe escribirles para pedir fotos privadas, datos personales o encuentros. Que pueden contarlo todo, sin temor a perder su celular o a ser castigados.

Mientras la vida digital plantea sus propios riesgos, la vida real tampoco se detiene. En diciembre abundan los eventos públicos, los centros comerciales llenos, las aglomeraciones para ver alumbrados, las novenas en parques, las celebraciones familiares que terminan tarde.

Y aunque parezca increíble, muchos de los riesgos más graves ocurren en medio del ruido, la emoción y la distracción.

Niños que se pierden de sus familias por segundos. Adolescentes que aceptan invitaciones de desconocidos. Accidentes en piscinas durante las vacaciones. Quemaduras por pólvora. Caídas en balcones.

Intoxicaciones con productos del hogar o alimentos de las fiestas. No podemos hablar de protección infantil sin recordar que en Colombia cientos de menores resultan quemados cada año por el uso irresponsable de pólvora, a pesar de las campañas reiteradas del ICBF. Y que, en muchos hogares, los adultos creen que “con un poquito no pasa nada”, hasta que pasa. Navidad sí, pólvora no. No hay celebración que justifique un riesgo tan alto.

Proteger a los niños en diciembre y en cualquier época no es solo vigilar, prohibir o reaccionar. Es educar. Es acompañar. Es enseñarles a reconocer riesgos y a pedir ayuda. Es enseñarles a navegar el mundo físico y el mundo digital con criterio, valentía y conciencia.

La protección infantil no es un asunto privado, es un compromiso público. Incluye a familias, instituciones educativas, gobiernos locales y medios de comunicación. Requiere campañas sostenidas, programas de alfabetización digital, formación para padres y docentes, y políticas que reconozcan que la infancia de hoy ocurre en dos realidades simultáneas: la presencial y la conectada.

Este diciembre, mientras los niños disfrutan de sus vacaciones y se sumergen en la emoción de la Navidad, podemos darles el mejor regalo posible, nuestra presencia consciente. Mirarlos más. Acompañarlos más. Escucharlos más. Y ayudarles a entender que la magia, en todas sus formas, también necesita cuidado. Porque no se trata de asustarlos. Se trata de prepararles el camino. De enseñarles a cuidarse a sí mismos. De garantizar que vivan una Navidad tan segura como inolvidable.

 

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