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Los ataques propinados en la madrugada de ayer por las Fuerzas Militares de los Estados Unidos y la captura del dictador Nicolás Maduro deben analizarse con cabeza fría. Se termina así la incertidumbre por el despliegue naval en el mar Caribe y se concreta lo que hasta ahora solo había sido retórica: la principal economía y potencia militar del mundo terminó de manera violenta e invadiendo un país soberano una dictadura que duró un poco más de un cuarto de siglo. Los bombardeos a varias bases venezolanas en su propio territorio, pero no se puede pasar por alto que este tipo de acciones son precedentes que desbordan las previsiones de las normas internacionales.

Las voces en favor y en contra de esta actuación no se han hecho esperar y tenemos que entender que para Colombia habrá efectos positivos y negativos por la manera en que termina el régimen de Maduro y Chávez, aunque falta por saberse cómo será exactamente la administración de Venezuela anunciada por Trump en la que dice que EE. UU. quedará a cargo con personas venezolanas hasta llegar a una transición segura. Inquieta mucho si se mantendrá la camarilla que hasta ahora ha rodeado a los caudillos en ese país, lo que no significaría grandes cambios. Y tanto quienes condenan la posición de policía del mundo que se ha arrogado Norteamérica, como quienes celebran que por fin le hubieran puesto fin al autoritarismo que se había apoderado como una mafia del Estado, tienen razones que hay que reconocer.

El mundo democrático había agotado todas las formas para buscar una salida dentro del derecho a la situación en Venezuela; sin embargo, cada vez que se hicieron diálogos entre el régimen y la oposición, que EE. UU. extendió la mano confiando en la palabra de Maduro, este aprovechó para instrumentalizar a la oposición y para debilitarla, también para sacar provecho del gigante norteamericano, como la liberación del colombiano Álex Saab, mientras que se sentía la impotencia para acabar con ese régimen violador de los derechos humanos, tanto que unos ocho millones de venezolanos han tenido que abandonar su país.

¿Pero qué seguirá en Venezuela? ¿Se permitirá que asuma el ganador de las elecciones del 2024, Edmundo González? ¿Jugará algún papel María Corina Machado? ¿Qué va a pasar con el petróleo de Venezuela, que reclama Trump como robado a Estados Unidos? ¿Habrá espacios para que la diáspora pueda regresar a ayudar a reconstruir el país? ¿Cuál va a ser la posición con las guerrillas colombovenezolanas como el Eln y con los carteles? ¿Y capturados Maduro y su esposa para ser juzgados por conspiración y narcoterrorismo se continuará con otras personas que formaron parte de este régimen? ¿Qué rol tendrá la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, quien Trump aseguró tiene intención de colaborar con la transición? ¿Cómo reaccionarán países vecinos como Colombia, Brasil y otros?

 

Esta operación es también un mensaje para Cuba y Nicaragua, pues claramente el intervencionismo estadounidense y su idea de una América grande de nuevo, en el imaginario de Trump consiste en lo que en otros tiempos se denominaba América para los americanos, y esto es lo que hace que se hubiera pasado a la acción y se decidiera actuar en solitario sin reparar en los tratados firmados por organismos multilaterales. Si el 2025 estuvo marcado por el paso que fijó Trump, este ataque en el comienzo del 2026 da a entender que así seguirá todo el año, con una persona caracterizada por su pragmatismo para favorecer los intereses de su país, sin reparar en los demás y a estos no los ve como aliados, sino como subalternos que deben prestarse a su idea del mundo. Y así tampoco debería ser.