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Por eso, más que dejarnos seducir por discursos fáciles, debemos asumir el pedacito de responsabilidad que nos corresponde en esta contienda electoral. Informémonos bien, comprendamos que no existe el “toque de Midas” ni la varita mágica para solucionar los problemas.
Qué fácil resulta seguir la deriva autoritaria. Parece sencillo pensar que cumplirán su palabra quienes hablan con dureza y prometen soluciones radicales a problemas complejos o quienes venden la idea de tener respuestas claras -aunque ello implique violentar los derechos de otros-. Basta con mostrarse favorables a la opinión mayoritaria para ganar aplausos. Sin embargo, lo fácil no es necesariamente lo satisfactorio en tiempos inciertos.
Ni hablar de quienes piensan que gobernar consiste en no tomar decisiones, sino en ceder esa potestad a pequeños grupos de poder. Esa es otra forma de populismo que termina por socavar la institucionalidad y crear espejismos: la ilusión de que el poder está en el pueblo, como suelen repetir grandilocuentemente, sin atender a la solución de los grandes problemas que enfrenta un país como el nuestro.
Qué inocentes somos al creer en liderazgos mesiánicos o en propuestas que se dicen “alternativas”, pero que nunca ofrecen respuestas claras sobre cómo se materializarían sus soluciones. Por eso es necesario llamar la atención de los ciudadanos: debemos comprender la responsabilidad que tendremos en el año electoral de 2026 en Colombia. Son muchos los candidatos que se presentan como solucionadores, que prometen que con ellos sí se cumplirá la ley, que aseguran ser capaces de lograr lo que nadie ha conseguido hasta ahora. Ante tales discursos, lo fundamental es preguntarles cómo piensan hacerlo: cómo harían crecer económicamente al país, cómo impulsarían el desarrollo que aún no llega. Y este cuestionamiento debe aplicarse a cada uno de los grandes temas que se discuten en una campaña política.
Cada cuatro años se repite el mismo libreto: personas que prometen el oro y el moro. Muchas de ellas no han demostrado siquiera la capacidad de administrar una empresa pequeña ni han probado tener habilidades mínimas de gestión. Tampoco han tenido la oportunidad de mostrar cómo reaccionan frente a situaciones complejas. Saber cómo actúan en la dificultad es esencial, porque no son pocas las crisis que enfrenta un líder en Colombia. Entender esa experiencia resulta fundamental para confiar el voto a quien deberá conducir los destinos del país durante el próximo cuatrienio. Lo que hemos visto en el actual periodo confirma que la falta de experiencia en la toma de decisiones y en el conocimiento del Estado termina por afectar la productividad nacional.
Por eso, más que dejarnos seducir por discursos fáciles, debemos asumir el pedacito de responsabilidad que nos corresponde en esta contienda electoral. Informémonos bien, comprendamos que no existe el “toque de Midas” ni la varita mágica para solucionar los problemas. Lo que el país necesita es un liderazgo colectivo que transforme actitudes sociales que, al final, son las que se traducen en malos gobiernos, corrupción y en la idea de que la delincuencia puede ser un camino de progreso. Ese supuesto progreso es, en realidad, la ruina de todos.

Reflexionemos desde hoy. Elevemos nuestra actitud frente a la próxima jornada electoral y asumamos nuestra responsabilidad en la elección de los gobernantes de los que tanto nos quejamos.