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Este año abonó el terreno para los líderes de discurso fuerte nacionalista, negacionistas de quienes piensan distinto, y preocupantemente, decididos a definir el futuro con base en lo que les convenga y sin mirar el contexto.
Si se mira qué ha pasado en esta anualidad es necesario recordar lo que sucedía cuarto de siglo atrás cuando corrían buenos tiempos para el optimismo. Anne Applebaum nos recuerda en el libro “El ocaso de la democracia” que, al final del siglo pasado se celebraba cómo caían uno a uno los regímenes totalitarios en Europa del este, Latinoamérica era una fiesta democrática, y el comunitarismo europeo se convertía en un inspirador modelo para otros países en el mundo. Sin embargo, años después esa misma pensadora advertía de cómo la deriva autoritaria en los cinco continentes los dividía como humanidad y nos ponía es una perspectiva mucho menos halagüeña.
Y entonces llegó el 2025, con un Donald Trump por segunda vez, con Vladimir Putin con toda la convicción de seguir su ruta invasora contra el pueblo ucraniano y particularmente con el Donbass; con una Alemania nostálgica de su grandeza y con cierto entusiasmo por la derecha, negacionista; con un Benjamin Netanyahu rodeado de sus alfiles más extremistas, convencidos de que la política de tierra arrasada en la empobrecida Gaza es la mejor alternativa de venganza para los intereses de Israel. Y a eso hay que sumarle la idea totalitarista de países como Venezuela, Nicaragua, en Latinoamérica, o Hungría en Europa.
Este año abonó el terreno para los líderes de discurso fuerte nacionalista, negacionistas de quienes piensan distinto, y preocupantemente, decididos a definir el futuro con base en lo que les convenga y sin mirar el contexto y las posibilidades para un futuro mejor de la mayoría de las personas. El egoísmo Nacionalista campea y nos perdemos las posibilidades de construir juntos un mundo mejor para las futuras generaciones. Se opta por el chovinismo contra la idea de una humanidad más integrada.
Las Naciones Unidas celebraron este 2025 sus 80 años de creada y fueron más las críticas que le llovieron que las propuestas para fortalecerla como una institución valorada, capaz de encontrar el justo medio para el desarrollo de las naciones, para incentivar la democracia, para combatir la hambruna, para realizar actividades que ayuden a recorrer el camino que permita acortar las distancias entre los países pobres y los países desarrollados. En esa mirada de que lo que importa es mi nación, olvidamos, que buena parte de los problemas de hoy, pasan justamente por la inequidad entre naciones, por la falta de oportunidades que tienen los jóvenes en sus propios territorios y que los obliga a salir a buscar acciones donde se les brinde.

25 años después de ese sueño de un mundo más democrático y comunitario, la dura realidad nos golpea, Vemos cómo aparecen guerras que se creían superadas por sus motivos, como la ocupación de territorios, como la necesidad de imponer por la fuerza ideas que parecían solucionables con un diálogo. Sin embargo, vemos cómo se cierra el año con el reavivamiento de ideas imperialistas que desconocen la autonomía de las naciones. Es la demostración de que como humanidad hay mucho por hacer, pero necesitamos darles una oportunidad a las mejores decisiones, a esas que ya se habían probado y demostraban que juntos podemos lograr un mundo mejor. La gran pregunta es si habrá futuro para el multilateralismo.