Dos semanas después de la incursión armada de Estados Unidos en territorio venezolano para detener al dictador, Nicolás Maduro, y a su esposa, desconcierta que no se estén tomando decisiones que permitan acelerar el retorno de la democracia a ese país, después de 25 años de estar sometido a un régimen absolutista que se encargó de violentar los derechos de la mayoría de los habitantes de ese país, al punto de causar una diáspora que sigue dejando consecuencias en países como Colombia, Ecuador, Panamá, Chile, entre otros. La OEA y la ONU se convierten en convidados de piedra, en un teatro de operaciones del pragmatismo.
La visita de María Corina Machado al presidente Donald Trump en la Casa Blanca tampoco allanó el camino para la transición. De hecho, congresistas estadounidenses llaman la atención sobre la necesidad de que se convoque pronto a elecciones en Venezuela y se permita a la líder ganadora del Premio Nobel de Paz a optar por ocupar la Presidencia de ese país, porque la salida de Maduro, no ha significado el cambio del régimen. De hecho, la pésima información sobre los posibles presos políticos liberados, es una muestra más de cómo se sigue dirigiendo ese país, desde donde nos llegan noticias de la zozobra y el amedrantamiento al que son sometidos ciudadanos en las calles, a quienes les revisan sus celulares para ver qué mensajes de texto han enviado. Además, de que los colectivos bolivarianos imponen el miedo con su patrullajes.
Sí, es el siglo XXI, pero en muchos escenarios, parece que regresáramos al XIX, porque estamos ante situaciones que parecen sacadas de los manuales de Gobierno de los imperialistas. Rusia invade Ucrania, Israel impide que pueda haber un Gobierno autónomo en Gaza, Estados Unidos ataca Venezuela y reclama su petróleo, mientras que Groenlandia, la isla autonómica de Dinamarca en el ártico, es asediada con todo tipo de amenazas desde el alto Gobierno norteamericano, obligando a países europeos a mostrar su solidaridad enviando tropas para ejercicios militares. Todas son actitudes típicas de las épocas del imperialismo, pero también puede ser parte de un nuevo orden mundial, que nos regresa a las épocas más oscuras de la Guerra Fría, pues lo del Ártico tiene que ver con las supuestas amenazas de China y Rusia.
Lo más grave de toda esta situación es que países sin las capacidades militares para hacer frente a semejante momento, tienen que ser simples observadores y limitarse a ver el desarrollo de los acontecimientos con cierta resignación, lo que se traduce en un temor por la pérdida de soberanía y sin posibilidades de darles nuevas oportunidades a lo que se empezó a construir después de las dos grandes guerras del siglo pasado: el multilateralismo.
Las tres grandes potencias militares parecen conformes con la construcción de este nuevo orden mundial, mientras que Europa aún no termina de resolver si puede ser la conciencia de un mundo que piense más en trabajar unido, o si debe plegarse a quien hasta ahora había sido su socio confiable, Estados Unidos. Darle la espalda al multilateralismo es cerrar oportunidades a la civilidad, a buscar soluciones comunes a los problemas que nos afectan a todos. Ojalá la sensatez termine por imponerse, aunque no hay espacio para el optimismo.