Esta es una historia que sucedió en Idiópolis. Es una historia imaginaria. En ningún momento vaya usted a creer que es de la vida real. Es, si se quiere, un ejercicio de imaginación, un desvarío con fines educativos. Hemos protegido los nombres de los personajes para guardar su identidad y, sobre todo, para no herir susceptibilidades que luego se vuelvan demanda.
Se narra aquí la historia de la carrera por la personería en varios colegios de la ciudad. Se empieza haciendo la descripción de varios candidatos y sus promesas. Todos ellos, por supuesto, quedaron elegidos. Porque en Idiópolis la ficción supera a la democracia. Está el estudiante que de un día para otro terminó empapelando todo el colegio con papelería costosa, sin saber o sin querer decir de dónde sacó la plata. Apareció con todo tipo de lujos: afiches brillantes, pendones que sobrevivían a cualquier vendaval y hasta esferos con su nombre. Llegaba en la mañana en una costosa camioneta, como si en vez de personero fuera dueño de un concesionario de vehículos.
En otro colegio estaba el candidato que se autodenominaba panaceo. Una de sus banderas de campaña proclamaba que había quitado las costosas talanqueras que impedían llegar al colegio. Lo paradójico es que el día de las elecciones sus votantes tuvieron que pagar el valor de la talanquera para poder llegar. Tenía mucho del primero y su estridente voz sonaba en cada salón como una especie de gran hermano. Panaceo promovía darse golpes con los del colegio del frente, que tenía uniforme diferente.
En otro lugar estaba el estudiante a quien nadie conocía, del que ni sabían si estudiaba o no. Pues terminó siendo el más opcionado de un día para otro. Tenía estudiantes de todos los grados comiendo de su cuenta en la cafetería. No le conocían la voz, pero sí la mano. Un líder silencioso.
También estaba el estudiante que decía que quería el voto solo de su colegio, porque él era el que mejor lo conocía y terminó con muchos de otros colegios. Nadie se explica qué dijo allá. El localismo por conveniencia.
Está el estudiante cuya promesa era una ciega guerra con el colegio del frente, igual que panaceo, aun cuando nunca propuso nada distinto, ni habló de bienestar ni de derechos, nada. Y así ganó. Porque nada convoca más que un enemigo. Está el estudiante que prometía hacer bandas eléctricas de transporte aéreo entre todos los colegios, un teleférico pedagógico y también ganó.
Nada de lo anterior es real. Tampoco creo que esto tenga algo que ver con la canción de Garzón y Collazos cuando dice: “Aparecen en elecciones unos que llaman caudillos, que andan prometiendo escuelas y puentes donde no hay ríos”. Eso jamás. Aquí respetamos las coincidencias. En todo caso, me quedo con el personero estudiantil adolescente que al menos promete algo más cercano a la realidad: la piscina, tiene fuentes conocidas de financiación y no promueve liarse a golpes con los del colegio del frente.
Porque en Idiópolis y en cualquier lugar donde la imaginación se parezca en demasía a la realidad, uno termina entendiendo que el problema no es que prometan lo imposible y que recurran a decenas de mentirillas no piadosas, sino que se asuma la ficción como la verdad y la fullería como democracia.