La palabra ruido nos hace pensar inmediatamente en música estruendosa, un tráfico ensordecedor, un grupo de personas hablando a los gritos, motores a mil revoluciones. Sin duda, es un fenómeno social muy perturbador, molesto y que puede amargar la vida de mucha gente; basta con pensar en los vecinos de bares y discotecas, ciertas fábricas o grandes avenidas. Este ruido maltrata los oídos y el estado emocional de las personas. Para contener este mal se expidió la Ley 2450 del 2025 que busca traernos algo de civilidad en este aspecto; ojalá se aplique. Y ojalá también haya un cambio cultural serio que nos haga menos bullosos.

Pero hay otro ruido, cotidiano y omnipresente, que pasamos desapercibido, que lo generamos todos, y que puede ser aun más contaminante: el ruido de las ideologías, las argumentaciones, los ataques y defensas en los debates, las disertaciones llenas de pedante sapiencia. Y todo esto tiene como escenario perfecto la política.

La política es un gran generador de ruido, y todos lo producimos, lo recibimos, lo masticamos y nos contaminamos. Lo peor, creemos que estamos actuando con inteligencia. Aquí hay una culpa compartida: los principales responsables son los políticos, aquellas personas que luchan descarnadamente por hacerse con el poder en la sociedad, y van vomitando en todo momento una descarga de palabrería irresponsable, temeraria e insulsa. Pero los ciudadanos no nos quedamos atrás, nos deleitamos con esa materia prima que nos dan los políticos, y participamos en mil debates y controversias que en últimas terminan siendo mero entretenimiento, especulaciones inútiles y muchas veces enajenantes en cuanto nos alejan de nuestra realidad concreta. Y el ‘combo’ se completa con los analistas, siempre con una mirada presuntamente sabia sobre cualquier tema y arúspices del futuro.

Para coronar esta torre de babel están las redes sociales. WhatsApp, Facebook, Instagram, Youtube, reproducen y amplifican lo que cualquiera salga a decir, siendo los más exitosos los más osados, virulentos, irresponsables, temerarios y mentirosos, que al final del mes reciben mucho dinero por su histrionismo y engaño ¡cuánto tiempo perdemos viendo y escuchando a manadas de pendejos dando sus sabias opiniones!

Ahora que se viene un año de elecciones: Congreso y Presidencia, todo este ruido verbal y mental se multiplicará hasta llegar a decibeles insoportables. Los candidatos nos llenarán de discursos grandilocuentes, de toda su megalomanía, maniqueísmo y falsedad. Y con esa materia prima los votantes multiplicaremos ese bullicio en mil opiniones y altisonantes discusiones.

El buen juicio, la ponderación, la reflexión, no están pasando por su mejor momento. Este es el tiempo del ruido, de lo ordinario y burdo. Cuánta razón tenía Enrique Discépolo cuando en 1934 escribió el tango Cambalache: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, pretencioso o estafador”. El ruido social y político mezcla todo sin pudor.

Más silencio, más reflexión, más atención a lo cotidiano e inmediato, más contacto con la naturaleza, pueden contribuir a mermar este ruido perverso. En medio de todo este aquelarre un rato de quietud de la mano de una respiración profunda puede traer salud al mundo.