La civilización humana siempre ha sufrido una tensión permanente entre las expresiones de poder y las normas del Derecho. Desde hace 3.800 años existen referencias a códigos y leyes para regular la vida social. El rey Hammurabi de Babilonia pasó a la historia por la creación de un conjunto de normas que establecían principios de justicia, equidad y orden. Pero Hammurabi también emprendió guerras de expansión contra reinos vecinos para sentar las bases de lo que después sería el Imperio Persa.
La Roma antigua tuvo una existencia de mil años, y uno de sus grandes legados fue la creación más completa de normas jurídicas y de una disciplina social y académica que llamamos Derecho, el cual inspira hasta hoy con sus principios a buena parte del mundo occidental, incluida Colombia. Al mismo tiempo, desde la República y especialmente en el Imperio, Roma se extendió por buena parte del mundo conocido y arrasó muchas veces con todo a su paso, sus legiones eran inclementes. Los pueblos sometidos y ultrajados fueron muchos.
El Imperio Británico con sus 400 años de duración también perfeccionó un conjunto de normas de convivencia y civilidad, asentando el Derecho Anglosajón como sustento en la vida jurídica de muchas naciones. Al mismo tiempo, sus ejércitos llevaron la desolación a millones de personas especialmente en Asia y África. Parte de la ruina y tragedias actuales de las naciones africanas tienen raíces en el criminal reparto colonial que varios países europeos hicieron del continente, siendo Inglaterra uno de sus principales perpetradores. En este sentido vale la pena leer el libro de Mario Vargas Llosa “El sueño del celta”.
Y Estados Unidos repite el patrón: el aporte jurídico de la justicia norteamericana y sus facultades de Derecho ha sido muy importante para el mundo entero, por ejemplo todo el movimiento de los derechos civiles. Pero su gobierno no lo ha hecho mal en cuanto a demostraciones llanas y toscas de poder, prueba de ello es la convulsa historia de Centro América y el Caribe en la primera mitad del siglo XX.
Llegamos entonces a Donald Trump, un negociante convertido en presidente que repite sus malas mañas de empresario inmobiliario ahora como el gobernante más poderoso del mundo. Sin duda, un canalla como Maduro debía ser removido de su posición, pero todo lo que rodea a esa “extracción” es una manifestación de pérdida de civilidad: dejar en el Gobierno, mientras le sean funcionales, a otros bandidos del régimen; maltratar a la líder democrática de Venezuela, María Corina Machado; desconocer el proceso electoral del 2024; expresar sin vergüenza alguna que quiere el petróleo y los demás minerales, y afirmar que él es el regente de Venezuela. Ahora va por Groenlandia, pues considera que hace parte de su “espacio vital”, concepto de la Alemania Nazi. Y quiere seguir con Cuba, pues sin duda es atractiva para sus complejos hoteleros.
La resolución de problemas a través de un primario ejercicio de poder suena muy atractivo para mucha gente, pero al final del día pasa una cuenta de cobro muy onerosa. Y no es que haya que ser condescendientes con situaciones oprobiosas, como la de Venezuela, pero hay maneras de hacer las cosas. Esto vale para lo internacional como para nuestra política interna en Colombia.