Me pregunto: ¿dónde están los manizaleños que deploran la pérdida del Teatro Olimpia sucedida hace 50 años? Porque ayer se terminó de demoler otra edificación significativa del Centro Histórico. Deduzco que el interés en el tema patrimonial de parte de Manizales y la gente que habita esta ciudad es muy bajo.
Trece meses tuvimos tiempo para salvar a esta edificación y la única instancia estatal que se interesó en ese caso fue la del riesgo, exigiendo su demolición sin tener en cuenta que se trataba de una edificación patrimonial. Todas las demás instancias, como las secretarías de Cultura, la municipal o la departamental; el Consejo de Patrimonio; el alcalde, nadie se interesó en proteger este inmueble que sufrió un accidente del cual ninguna edificación del Centro Histórico está exenta. En este caso la legislación había quedado coja y hacía falta solo un acto de voluntad, uno de conciencia y uno de condolerse con el patrimonio.
La casa que se perdió era de gran importancia, porque, seguramente, con ella se cerraba el ciclo de la reconstrucción de la ciudad. En ella, el estilo republicano llegaba a su fin, dejando la rigidez de sus formas atrás, dándole cabida a las curvas como la bella ventana en arco que tenía esta casa. Tenía esta casa una disposición de ventanas como ninguna otra de sus compañeras.
Era, pues, un eslabón sobresaliente que dejamos perder mostrando una gran insensibilidad por el arte y lo que expresa. Pero sobre todo tipificamos un irrespeto al pasado y a nadie le cabe duda de que una comunidad que no respeta a su pasado nunca podrá construir un futuro sólido, porque simplemente no lo sabrá hacer y lo que hará de nuevo solo será un gasto en algo, pero nunca una propuesta integral.
Otro de los tópicos que hacían de esta casa un objeto de gran valor cultural eran los materiales empleados y su técnica de construcción. La estructura era en madera, idéntica a las casas en bahareque, pero en su fachada, en vez de esterilla de guadua, se implementó algo muy moderno en su época: la lámina de hierro y, en vez de barro, se empleó cemento. Todos esos saberes fueron demolidos con saña y las láminas repujadas que adornaban los cielorrasos fueron dobladas a golpes de maceta para que no hicieran bulto y así poder venderlas como chatarra.
Que la historia es cíclica y que se repite, aquí lo vimos olímpicamente. Otra edificación de nuestro patrimonio, el de todos los manizaleños, no hubo interés en salvarla. Al parecer complacida, la Administración municipal cerró el caso. Ya a nadie le caerán escombros en la cabeza. Pero la Alcaldía, a pesar de los muchos doctorcitos y doctorcitas que allá ganan su pan, nunca dimensionó la joya que destruyó.
A nuestra generación, después de este fracaso, no nos queda bien lamentarnos de la pérdida del Teatro Olimpia, porque tuvimos la oportunidad de hacerlo mejor y no nos interesó defender la integridad del conjunto de casas patrimoniales que nos heredaron los ancestros.