En varios países de Latinoamérica existe la costumbre de quemar el Año Viejo el 31 de diciembre. Se construye un muñeco con ropa usada o materiales reciclables, a veces con fuegos artificiales, que representa el año que termina. Este ritual, con raíces en la antigua Roma y adaptaciones en España y Ecuador, simboliza purificación y cierre de ciclos. Algunos dicen que se remonta a la Grecia Clásica, donde se pensaba que el rey, al terminar su reinado, debía morir incinerado. Más adelante, se decidió representar al rey en una figura de madera que era quemada para marcar el final de su reinado y el comienzo de otro. Un acto de transición para señalar el final de un ciclo y el comienzo de uno nuevo.
Recuerdo que, de niña, sentía mucho miedo cuando llegaba el momento de la quema y los fuegos artificiales y siempre buscaba un sitio donde esconderme. Una mañana de Año Nuevo, los patos que mi papá cuidaba con mucha dedicación, estaban muertos; se habían envenenado con los residuos de la pólvora que tenía el Año Viejo. No tengo recuerdos lindos de estas noches, me parecían inquietantes; quizás de ahí vienen algunos temores y mi rechazo al ruido y la algarabía.
Quemar el pasado parece una forma de dejar atrás lo que nos duele, pero quizá el verdadero reto es mirar ese pasado con otros ojos, integrarlo y aprender de él. El psicólogo Carl Jung hablaba de “la sombra”, ese lado oscuro de nuestra personalidad que solemos negar o esconder porque pensamos que es inaceptable y nos da vergüenza. Jung proponía que, en vez de rechazarla, deberíamos integrarla para sentirnos completos.
Este 31 de diciembre sería un buen día para darnos permiso de mirar con amabilidad eso con lo que luchamos cada día para que no aparezca. Ver no es lo mismo que mirar y mirar no es lo mismo que entender, aceptar y tomar consciencia. ¿Qué es eso que quisiera quemar y alejar de mi vida? Lo invito para que este fin de año haga una pausa y se dé permiso de recordar -volver a pasar por el corazón- lo que no se atreve a mirar, tal vez duela un poco, pero ya pasará. Al recordar no lo juzgue, no se regañe, ni culpe a otros. Contemple amorosamente ese pasado, ese interior que está necesitando ser reconocido, para que la luz del amor disuelva la oscuridad y dé paso a lo nuevo.
La próxima vez que piense en quemar algo, primero mírelo con amor, quizá haya alguna lección o un regalo en ese recuerdo, en esa historia. No podemos dejar ir lo que no reconocemos; lo que escondemos se acomoda en algún rincón y nos impide avanzar. A veces queremos encontrar un propósito ya, pero antes de descubrirlo debemos mirar cuál es el sentido de lo que hemos vivido hasta aquí, reconocer que no seríamos los que somos si no hubiéramos pasado por algunas situaciones dolorosas. Las nuevas posibilidades también están en ese espacio oscuro que hemos querido cerrar, es allí donde, como dice el profesor Otto Scharmer, está el futuro que quiere emerger.
¿Qué recuerdos, emociones o historias guarda en su propio Año Viejo? ¿Hay algo que, en vez de quemar, podría mirar con compasión y transformar en aprendizaje? Como decía Jung: “Lo que negamos nos somete, lo que aceptamos nos transforma”. Que este nuevo año nos encuentre más conscientes, más amables con nuestro pasado y abiertos a las posibilidades que emergen de lo que alguna vez quisimos dejar atrás.
¡Feliz Año Nuevo para todos!