20 May, 2026
Que nuestras elecciones reflejen esperanza
El cambio demográfico nos recuerda que la esperanza no puede ser ingenua; necesitamos decisiones conscientes.
En algunos sitios, los árboles han dejado de dar fruto porque el clima se ha vuelto incierto y porque estamos abandonando la tierra. Algo parecido nos pasa como humanidad: cada vez nacen menos niños, como si sembrar vida fuera demasiado riesgoso y dudáramos de la fertilidad de la tierra.
Al nivel mundial, la tasa de fecundidad pasó de 5 hijos por mujer en 1960 a 2,2 en el 2025, según el UNFPA. La tasa de natalidad cayó de 32 nacimientos por cada 1.000 habitantes en 1960 a 16 en el 2023, de acuerdo con el Banco Mundial. En Colombia, en el 2024 nacieron 445.011 bebés, una reducción del 13,7% frente al 2023 y del 32,7% frente al 2015, según el DANE.
La esperanza de vida mundial tuvo una caída histórica durante la pandemia de covid-19 con una reducción de 1,8 años entre el 2019 y el 2021, según la OMS. Hoy se ha recuperado parcialmente: 76,3 años para las mujeres y 71,5 para los hombres, de acuerdo con el IHME. En Colombia, alcanzó los 77,5 años en el 2024, reflejando un envejecimiento acelerado. Este descenso en la natalidad y el aumento de la esperanza de vida nos muestran un cambio demográfico sin precedentes: somos una humanidad que envejece, con menos jóvenes y más adultos mayores, lo que redefine cómo imaginamos el futuro.
En medio del período electoral que atravesamos en Colombia, el ruido de encuestas, discursos y redes sociales puede alimentar el miedo y la desesperanza. ¿Cuántos estamos cansados de ver noticias y escuchar agresiones de lado y lado? Sin embargo, no tiene sentido rendirnos antes de empezar; nuestras decisiones deben contribuir a sembrar esperanza y construir un país donde valga la pena proyectar futuro.
La esperanza se alimenta con nuestra actitud, con la capacidad de imaginar un mañana mejor y, sobre todo, con acciones conscientes que aportan a un propósito colectivo. La caída de la natalidad no es solo un dato: refleja una esperanza que se desvanece. Cuando las personas sienten que el futuro no es viable, deciden no traer nuevas vidas al mundo. Necesitamos diferenciar entre una esperanza ingenua, que niega la dificultad, y una esperanza consciente, que reconoce la realidad y asume la responsabilidad para transformarla.
Las estadísticas y los sondeos no pueden definir nuestra esperanza. Kierkegaard decía: “La esperanza es pasión por lo posible”. Necesitamos confiar en que nuestras acciones sí hacen la diferencia. La esperanza es una semilla que plantamos inclusive en tierra árida, porque creemos que mientras estemos aquí podemos hay posibilidades, de hacer algo juntos para construir un futuro mejor, un mundo más humano y solidario.
“Que tus elecciones reflejen tus esperanzas, no tus miedos”, le decía Mandela al pueblo sudafricano. No podemos pararnos en el lugar de la víctima, dejándonos llevar por el ruido y la desconfianza. Recordemos las palabras del premio Nobel Ilya Prigogine: “Cuando un sistema complejo está lejos del equilibrio, pequeñas islas de coherencia en un mar de caos tienen la capacidad de desplazar todo el sistema a un orden superior”.
El cambio demográfico nos recuerda que la esperanza no puede ser ingenua; necesitamos decisiones conscientes que hagan posible un mundo donde valga la pena nacer, crecer y envejecer. Nosotros, en nuestros espacios familiares, académicos, laborales y comunitarios, podemos abrir la puerta a un nuevo comienzo. Que nuestras elecciones reflejen confianza en la vida y en un mundo mejor.