A veces pienso que tienen razón quienes afirman que es increíble que nuestra democracia exista; incluso, que es insoportable y hasta inaguantable. Sin embargo, quizás olvidan que la democracia es per se complicada. La sencillez, la elementalidad es una característica propia de regímenes dictatoriales, puesto que desde el centro se dicta todo y todos obedecen sin pronunciar palabra. Por el contrario, un régimen democrático corresponde a una amplia conversación con muchísimos participantes que dicen de todo y al mismo tiempo. Una democracia es una especie de armatoste burocrático.
A la ciudadanía no le es fácil entender cómo funciona el enjambre que es la democracia; no le es fácil comprender cómo funcionan los senados y cámaras, los concejos municipales, los tribunales, el vasto mundo mediático, las mismas universidades... Frente a esto, quizás valga la pena intentar aclarar un poco el panorama.
En teoría existen dos formas de gobierno: la que se da en países en los que es posible tumbar cabezas sin derramar sangre; y la de aquellos en donde esto no puede suceder. A la primera, se la conoce como democracia; a la segunda, como tiranía. Sin embargo, el concepto democracia es interpretativo y bastante discutido: ¿qué significa eso de la soberanía, cuando se dice que el gobierno es del pueblo y para el pueblo? Se sabe que la expresión “el pueblo es soberano” se contrapone al concepto de aristocracia o al de monarquía. Lo que sí es evidente y probado es que en ningún país del mundo gobierna el pueblo, así esté registrado, como lo está, por ejemplo, en nuestra Carta Magna, en el artículo 3o: “… la soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público…”.
Y un dato más: desde el 2006, la Unidad de inteligencia de la revista británica The Economist puntúa, claro de manera arbitraria, la salud de la democracia en 167 países. Y establece cuatro categorías para calificar el nivel democrático: democracia plena, democracia deficiente, régimen híbrido y régimen autoritario. Y se hace considerando el sistema electoral, el pluralismo político, las libertades civiles, el funcionamiento de los gobiernos, y la participación y cultura política de la ciudadanía.
Dicho esto, pienso que en Colombia no contamos con una democracia plena, creo más bien que es híbrida. Es cierto que tenemos elecciones y es posible decir que hay un cierto pluralismo político, aunque depende de la lupa que se utilice, puesto que en la silla presidencial se siguen sentando los mismos con diferentes denominaciones, incluso algunos posan de decir que son “nuevos” partidos o movimientos, de donde se colige que el funcionamiento de los gobiernos no es tan eficiente como se espera; además, no hay una ciudadanía que tenga en su haber cultura política ni menos que participe del manejo de la cosa pública.
Por eso es necesario, pensar en preguntas complejas, por ejemplo, ¿cómo entender las razones que llevaron a quienes fueron elegidos por medios democráticos para representar al pueblo, a terminar siendo burócratas perversos detrás de un escritorio volviéndose cómplices de las exclusiones y abandonando su responsabilidad moral?; o ¿por qué para ciertos medios de comunicación asumir posturas críticas a los gobiernos les puede representar inseguridad?, o ¿cómo diseñar mecanismos que eviten que los centros de poder manipulen las elecciones?, o ¿realmente, en dónde se dan las conversaciones que cambian el destino de los ciudadanos? Difícil dar respuestas claras a estas preguntas.