Educación
04 Jun, 2026

Bárbaros ilustrados

Me asusta la capacidad que hemos ido adquiriendo para dejar de pensar; nos da pereza pensar. Me atrevería a decir que no sabemos pensar.

Creo poco probable que alguien esté en desacuerdo con la idea de que la universidad debe ser un sistema vital de ideas y que uno de sus propósitos centrales sea la formación de los estudiantes para que comprendan los tiempos en los que viven y aporten grandes soluciones a grandes problemas. Para decirlo en palabras de José Ortega y Gasset, en su texto Misión de la Universidad (1930), la “universidad debe enseñar el repertorio de convicciones que dirige la existencia”. Hasta ahí, como deber ser, bien. Sin embargo, lo que estamos viendo es cada vez más universidades (no todas, claro) convertidas en “fábricas” de expertos, cuyos graduados terminan siendo unos “bárbaros” incultos que no tienen ni la más remota idea del contexto social en el que viven. Esto me asusta. Me asusta la capacidad que hemos ido adquiriendo para dejar de pensar; nos da pereza pensar. Me atrevería a decir que no sabemos pensar. Hace un par de años escribí una columna en este mismo periódico, que decía que desde las “altas direcciones de las universidades se deben trazar derroteros científicos, disciplinares, culturales y políticos”. Y también aseveré que es lo que no veía en ese entonces, y sigo sin verlo. He hablado con amigos profesores de las universidades en Manizales, y la conclusión que infiero, por lo que honestamente me dicen, es que a quienes fungen en las altas direcciones se les olvidó que las universidades tienen dimensiones sociales y políticas con las que se debe contrarrestar la instrumentalización de la razón. Cada vez menos las universidades se piensan a sí mismas. Sufren una especie de anomia. A tal punto, para citar un caso muy actual, que en algunas universidades de nuestra ciudad han prohibido debates con los candidatos presidenciales, tras la excusa de que “no se puede hacer proselitismo político”. Qué tal esa perla. Como dice un amigo mío, “cójame ese trompo en la uña”. Y otra perla más: algunos de ellos tienen como propósito central virtualizarlas, entre otras cosas para decir, al momento de la rendición de cuentas, que “en mi rectoría aumentamos el número de estudiantes”. El signo pesos recorre los pasillos de esa institución. Por supuesto que la virtualidad como suplemento del método pedagógico tradicional es importante. Sería una necedad desconocerlo. Pero dudo que se haya tomado la decisión de la virtualización contando con los saberes y experticias de los profesores (esta tarea no le corresponde sólo a las altas direcciones universitarias). No es difícil avizorar que por el afán de tener una universidad “organizada”, negando todo lo que anteriormente se había hecho, se hizo bajo los criterios de la eficiencia y la funcionalidad, elementos que son dictados por la mano nada invisible del mercado. Al parecer se olvida que es virtualmente imposible en el formato on-line que los estudiantes puedan desafiar las ideas de sus profesores. Los debates en línea, en el ámbito educativo funcionan bien en el papel; en la práctica es muy fácil desatender un e-mail o ignorar la mano levantada de algún participante; sin dejar de mencionar la importancia de las expresiones faciales o gestos no verbales, fundamentales en la presencialidad en el aula de clase. Como se puede colegir, en ambos casos: en la falta de sensibilidad de las dimensiones sociales y políticas de las universidades y en el silencio obligado en el mundo virtual, la ausencia de pensamiento contribuye a no formar profesionales que reconozcan que este mundo les está esperando para que presenten grandes soluciones a los grandes problemas de la humanidad. Aquí, las universidades pierden su horizonte.