Existen, en la literatura, muertes buscadas por el propio personaje, que por lo significativas lo inmortalizan. De Aquiles se narra que le fue ofrecido por los dioses, o vivir una larga vida, común y con feliz término, pero olvidado y anónimo, o morir en combate, muy joven, con inmortalidad histórica garantizada. Escogió esta última.
Entonces -suponen-, a los 27 años, antes de la batalla, Aquiles, las riendas del carro de combate en sus manos, anunciándole la profecía, uno de los caballos raya con su casco la arena, voltea su cabeza, lo mira y le sentencia: tu última hora se acerca, vamos a conducirte a tu muerte. Lo sé y no me importa, respondió; lanzó fuerte grito, fustigó a los cuadrúpedos y raudo se entregó a la parca.
Cuestión de cumplirle a la propia vocación. Lo que me hace emparentar la anterior muerte con la de otro personaje, este sí real. Me refiero a Sócrates. En los escritos de Platón y Jenofonte sobresale cómo este poderoso pedagogo, de vocación callejero, conversador impenitente, maestro a la intemperie, a través del diálogo adoctrinaba los jóvenes con desprecio a los políticos, criticaba el sistema y desafiaba a sus gobernantes. Así previó que con esas actitudes preparaba, lentamente, su condena a muerte.
Retó a sus jueces, les dijo que preferiría morir a abandonar su misión, la de filosofar y enseñarles a sus compatriotas; criticarlos y proponerles enmiendas. A sus juzgadores, estas palabras de un valiente: vosotros vais a vivir y yo a morir; ¿cuál de los dos estados es mejor?, solo los dioses lo saben.
De los amigos presentes, fue quien tuvo en su cárcel la mayor valentía al empuñar la copa de veneno; lo bebió sin temblor ni pestañeo. Quizás porque sabía que fielmente había cumplido su magisterio; y porque creía en el alma, en el más allá y en la justicia de Dios. Fácil le propusieron escapar, pero se negó alegando que eso sería traicionar lo que había predicado: el respeto a las leyes de su ciudad. Ratificó con su muerte sus convicciones y su certidumbre vital de que filosofar es prepararse para la muerte.
Si me atrevo a escribir sobre esta muerte, una de las más alabadas e insignes, es porque quiero hacer énfasis en el tema de la vocación y su trascendencia en los asuntos humanos. Asumiéndola con peligro, Sócrates se convirtió en el padre de la ética occidental y le señaló nuevos rumbos a la manera de filosofar. Por eso, cuando se visita el Ágora, en Atenas, se advierte que allí hubo un hombre con demasiado espíritu para tan breve espacio; con demasiado magisterio en tan pocas calles; con demasiada humana filosofía en tan escaso viento, viento transmisor de sus palabras llenas de sentido, las que desde allí viajaron a iluminar la historia.
Y todo por este apóstol, florecido en claridad y descalzo en sus pies. Nada escribió, pero su voz vibra hoy en nuestras conciencias, cabalgando en el tiempo; y permanece, convocando, después de 24 centurias, a una verdadera y trascendente reflexión moral.