La Navidad nos invita cada año a volver al comienzo de todo: a un niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre, signo humilde de un Dios que decidió entrar en nuestra historia sin privilegios ni resplandores. El misterio de la encarnación es, quizás, el corazón más profundo de la fe cristiana. No es solo un bello relato para tiempos festivos: es la afirmación contundente de que Dios ha querido compartir nuestra humanidad y caminar a nuestro ritmo. El plan de salvación no se ejecuta desde lejos; se hace cercano, se hace carne, se hace vecino.
¿Qué significa para nosotros que Dios se inserte así en la historia? Ante todo, que la vida -nuestra vida concreta- está habitada por la presencia de Dios. Que no transitamos por un mundo abandonado a su suerte, sino por un escenario donde Dios actúa, acompaña, inspira y sostiene. A la luz del pesebre, descubrimos que la existencia cotidiana, incluso en sus noches más densas, está animada por un soplo divino que no deja de enseñarnos a amar.
El Evangelio nos recuerda que el amor a Dios pasa necesariamente por el amor al prójimo. No existe un cristianismo desencarnado que se reduzca a ideas piadosas o emociones religiosas. La encarnación exige encarnar también nuestra fe: ponerla en obra, hacerla gesto, palabra, cercanía. Quien quiera encontrar a Dios debe aprender a mirar a los demás como los mira Él. Por eso, celebrar la Navidad es también preguntarnos dónde está naciendo Jesús hoy.
Jesús nace donde la humanidad sufre. Nace en Gaza, entre las víctimas anónimas de la guerra que claman por paz. Nace en el Catatumbo, en los campesinos desplazados que abandonan sus tierras para salvar la vida. Nace en los jóvenes atrapados por adicciones que destrozan sus sueños. Nace en los ancianos que pasan la Navidad en soledad. Nace en quienes padecen pobreza extrema y ven negada su dignidad básica. Nace en las víctimas de la violencia, pero también -misteriosamente- en los victimarios que han roto su propia dignidad y necesitan conversión. La encarnación es el paso obstinado de Dios por nuestra historia y por nuestras heridas.
San León Magno, en un célebre sermón sobre la encarnación, decía: “Reconoce, cristiano, tu dignidad; y puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no vuelvas a la antigua bajeza con una conducta indigna de esa grandeza”. La Navidad nos recuerda precisamente eso: que Dios dignifica la humanidad al asumirla, y que nosotros debemos honrar esa dignidad en cada hermano y hermana.
Al contemplar el pesebre, no miremos solo al pasado. Ese niño sigue naciendo hoy, en los márgenes, en las periferias, en los rincones donde la vida duele. Allí nos espera. Allí nos llama. La pregunta es inevitable: ¿dejaremos que su nacimiento transforme nuestra manera de mirar, de amar y de servir? La Navidad será verdadera sólo si aprendemos del pesebre que Dios está con nosotros y nos envía a estar con los demás.