Estábamos sentados en la misma mesa. Tres personas. Tres mundos distintos. Yo tenía entre las manos un libro cuyo título hoy me sigue pareciendo casi irónico: El valor de la atención, del periodista británico Johann Hari.
En medio de ese café, yo intentaba leerlo con esa mezcla de curiosidad y disciplina que exige un libro que no se deja escanear, que no se resume en dos frases ni se digiere entre notificaciones.
Frente a mí, las otras dos personas trabajaban en sus computadores. Tecleaban, respondían correos, editaban videos, abrían pestañas, cerraban otras. De vez en cuando alguien decía algo, una frase suelta, un comentario sin aterrizaje. Intentábamos —al menos en teoría— sostener una conversación. No pasaba nada.
En esencia, nadie estaba del todo ahí. Tampoco del todo en otro lugar. Era una escena extraña, muy de estos tiempos: presencia física sin encuentro real. Compartíamos el espacio, el café, la mesa, pero no la atención. Todo estaba fragmentado. Yo leía a ratos. Ellos trabajaban a ratos.
La conversación nacía débil y moría rápido, como una chispa sin oxígeno. No había mala intención. No había desprecio. Había dispersión. Había hiperestimulación. Había cansancio mental.
Con el tiempo, esas dos personas ya no siguieron en mi vida. El libro sí. Y no lo digo con ánimo de sacar conclusiones morales apresuradas, pero la imagen se quedó conmigo como una postal incómoda: lo que no recibe atención sostenida, se diluye. Las conversaciones, los vínculos, incluso la posibilidad de estar realmente con otros. La atención no es solo un recurso cognitivo; es una forma de cuidado.
Hoy hablamos con mucha ligereza de "déficit de atención". Yo mismo lo digo: "Es que tengo déficit", "es que me cuesta concentrarme", "es que me distraigo fácil". Algo de cierto hay: nos cuesta, pero quizá la pregunta no es qué nos falta, sino en qué entorno estamos intentando concentrarnos.
Vivimos rodeados de estímulos que compiten sin pudor por nuestra mirada, nuestro tiempo, nuestra energía mental. Saltamos de una cosa a otra con una naturalidad que hace diez años nos habría parecido absurda y luego nos sorprendemos de no poder sostener la atención en una conversación, en un libro, en una persona.
Si uno mira esto con un poco más de perspectiva, la atención siempre ha sido un valor en disputa. William James, filósofo y uno de los padres de la psicología moderna, decía que la experiencia humana es, en buena medida, aquello a lo que decidimos prestar atención. No lo que existe, sino lo que logramos enfocar. Dicho sin rodeos: somos lo que atendemos y cuando la atención se dispersa, también se dispersa la experiencia de vivir.
Décadas después, el teórico estadounidense Herbert Simon lo formuló con una lucidez casi profética: en un mundo lleno de información, lo verdaderamente escaso es la atención. Cada mensaje, cada titular, cada oferta compite por ese recurso limitado. Nada de esto es nuevo. Lo nuevo es la intensidad.
Hoy no solo competimos con ideas mejores, sino con ideas más ruidosas. Más ingeniosas, más rápidas, más gritadas. En ese océano lleno de náufragos estoy yo, con esta columna, peleando por quienes ojean —no leen— el periódico, por retener una mirada que ya quiere irse, peleando porque alguien se detenga dos minutos más y converse con estas líneas.
Lo mismo hago en redes, con el podcast, con la videocolumna. No para ganar fama, sino para ganar foco. Hoy un silencio nos puede resultar casi insoportable. Lo llenamos con scroll, con ruido, con estímulos y luego nos preguntamos por qué nada nos sacia del todo.
Mientras escribo esto, el celular vibra más de una vez. El iPad alumbra con notificaciones. Aparece la notificación de un envío estancado. No siempre lo ignoro. A veces miro. A veces no. Siento la tentación de salirme de la hoja, pero vuelvo a mí.
El cuerpo también entra en esta pelea: la postura encorvada, la respiración corta, la mirada que salta. Prestar atención no es solo un acto mental; es un gesto físico. Estar atentos cansa el cuerpo, porque exige presencia y la presencia no se puede simular. Tampoco es ingenuo pensar que esta dispersión ocurre en el vacío. La atención hoy es una industria. Hay sistemas, plataformas y diseños pensados para interrumpirnos, para fragmentar el foco, para mantenernos apenas enganchados. No por maldad abstracta, sino porque ahí está el negocio. Culparnos únicamente a nosotros sería cómodo, pero incompleto.
Aun así, la decisión final sigue siendo íntima. Nadie puede prestar atención por nosotros y nadie puede elegir el silencio, la pausa o el límite en nuestro lugar. En Navidad y las fiestas del fin de año esto se vuelve dolorosamente evidente. El nacimiento de Cristo, el ritual, la espera, la oración, quedan rápidamente atrás. La atención se la roban los regalos, el gasto, la logística, la cena perfecta, la foto. Todo es importante en cierta medida, sí. Pero secundario. El foco se nos va y sin foco, incluso lo sagrado se vuelve decorativo.
No es que hayamos dejado de creer. Es que dejamos de atender y sin atención no hay vínculo, no hay profundidad, no hay experiencia espiritual que aguante.
Prestar atención hoy es difícil no porque sea antinatural, sino porque se volvió contracultural. Exige elegir. Exige renunciar. Exige aceptar el silencio, la lentitud, la incomodidad de no estar constantemente estimulados. Nos entrenaron para lo contrario: para responder rápido, para estar disponibles, para estar en todo, aunque no estemos realmente en nada.
Volver a nosotros no es desaparecer del mundo ni volverse una especie de asceta digital. Es algo mucho más humilde y más difícil: aprender a permanecer. Permanecer en una conversación sin mirar el teléfono. Permanecer en una lectura, aunque cueste. Permanecer en una oración, aunque la mente se disperse. Permanecer incluso en el aburrimiento, que es una forma de desintoxicación moderna.
Establecer límites no es rechazo, es cuidado. Cuidado del tiempo, del pensamiento, del vínculo. Es cuidar de uno mismo y de los otros porque cuando todo reclama nuestra atención, nada la recibe de verdad.
En un mundo que nos quiere siempre distraídos, prestar atención es un acto de resistencia tranquila. Una forma de decir "aquí estoy" sin gritarlo y una manera de recuperar el foco, el sentido y, con un poco de suerte, algo de paz.
Desde aquella tarde en ese café quedó más claro algo que a muchos nos pasa y pocas veces nombramos: los encuentros no toleran medias tintas. No se puede estar solo con el cuerpo mientras el alma está en otra parte.
Los encuentros verdaderos no admiten fragmentación. O estamos, o no estamos. Quizá, en este tiempo ruidoso y disperso, elegir estar de verdad sea una de las formas más sencillas y más profundas de cuidar lo que importa.