08 May, 2026

Cuando los signos se vuelven advertencias

Los signos de los tiempos no están para alimentar el pesimismo, sino para despertar conciencia. 

La expresión “signos de los tiempos”, tan utilizada desde el Concilio Vaticano II, invita a leer la realidad más allá de los hechos aislados. No se trata simplemente de observar noticias dispersas, sino de identificar aquellas constantes que revelan el estado profundo de una sociedad. Hay momentos en los que esos signos dejan de ser simples señales y se convierten en advertencias. Y los que hoy aparecen en Colombia son inquietantes.
Uno de ellos es la corrupción. Ya no parece tener una guarida fija ni una identidad ideológica definida. Se campea por múltiples sectores y sensibilidades políticas, como si hubiera echado raíces culturales más profundas que partidistas. Eso obliga a reconocer que no estamos ante simples desviaciones individuales, sino frente a un problema estructural: una sociedad en la que con demasiada facilidad se admira al “avispado”, al que encuentra el atajo, al que dobla las reglas para obtener ventaja. La corrupción termina revelando una débil cimentación ética y, sobre todo, una enorme fragilidad en el sentido del bien común.
La ironía resulta devastadora. Varias de las figuras que hace pocos años levantaban con fervor la bandera anticorrupción hoy están cuestionadas o incluso convertidas en fugitivas de la justicia. La imagen del entonces senador Velasco bailando con cachucha al ritmo del reguetón de la corrupción, al lado de otros impulsores del referendo anticorrupción, terminó convertida en una metáfora dolorosa de nuestro tiempo: la indignación moral transformada en espectáculo y no en convicción. Qué tristeza, da una sensación de orfandad muy grande.
Otro signo de los tiempos es el papel que han debido asumir las altas cortes frente a múltiples decisiones del actual Gobierno. Tanto la Corte Constitucional como el Consejo de Estado han frenado de manera reiterada normas, decretos y actuaciones que excedían los límites constitucionales o legales. No se trata ya de reveses puntuales, sino de una tendencia que evidencia la importancia de los pesos y contrapesos en una democracia. Cuando el poder no encuentra límites, la tentación autoritaria crece rápidamente. Colombia, con todas sus dificultades, ha tenido al menos la fortuna de contar con jueces independientes capaces de contener varios desafíos institucionales.
Y un tercer signo aparece en la tragedia persistente del Cauca. El racimo de atentados y acciones violentas que allí se repiten no puede seguir siendo leído como hechos aislados o simples alteraciones del orden público. Lo que vemos es una crisis estructural de gobernanza en territorios donde convergen economías ilegales, grupos armados y ausencia efectiva del Estado. Recuperar esos territorios será cada vez más difícil si no existe una estrategia seria, sostenida y legítima para restablecer la autoridad institucional.
Los signos de los tiempos no están para alimentar el pesimismo, sino para despertar conciencia. Las sociedades que ignoran sus síntomas terminan agravando sus enfermedades. Colombia necesita fortalecer la ética pública, proteger sus instituciones y reconstruir el sentido del bien común. Porque los países no se derrumban de un día para otro; primero se acostumbran lentamente a convivir con sus fracturas.