El inicio del año está siendo el marco para el lanzamiento de una interesante campaña cívica: Caldas 2050, una iniciativa que invita a pensar el departamento más allá de la coyuntura y con una mirada de largo plazo. No se trata de un gesto simbólico: coincide con un momento especialmente significativo, pues el próximo 25 de junio se cumplirán quince años de la declaratoria del Paisaje Cultural Cafetero como Patrimonio Mundial de la Unesco.
Existen documentos que analizan con rigor todo el proceso de esta declaratoria, tanto en su dimensión tangible como intangible. Para el ejercicio que hoy nos convoca, la atención se centra en aquellos hechos y fenómenos sociales que fueron referentes de alto impacto en la intervención y transformación del territorio. Esos valores excepcionales no pertenecen al pasado: desean acogerlos colectivamente en tiempo presente para garantizar la continuidad del reconocimiento y poder seguir accediendo a los beneficios —materiales y simbólicos— que ha traído la declaratoria.
La campaña Caldas 2050 se concibe, en primer lugar, como un ejercicio de prospectiva, llamado a superar los programas de gobierno de alcaldes y gobernadores de turno. Su vocación es ofrecer un norte compartido que oriente decisiones públicas, privadas y comunitarias durante las próximas décadas, anclado en nuestra identidad cafetera, pero atento a los desafíos sociales, económicos y ambientales del siglo XXI.
En segundo lugar, la iniciativa propone un trabajo sistemático y sostenido: cada mes se asumirá un valor propio de la época que dio origen a la declaratoria, se analizará su carácter excepcional y se estudiará la manera de traerlo al presente, en diálogo con los fenómenos sociales vigentes. No se trata de idealizar el pasado, sino de confrontarnos con él, actualizarlo y, cuando sea posible, superarlo.
Uno de esos valores, profundamente humano y hoy cargado de nuevas posibilidades, es la promesa del retorno. Durante décadas, generaciones enteras dejaron sus pueblos con la idea de regresar algún día a poner en práctica lo aprendido. Esa promesa se rompió cuando ya no se encontraron razones para volver. A ese fenómeno se le llamó “fuga de cerebros”. Hoy, muchos de quienes partieron habitan grandes ciudades de Colombia o del exterior, con su vida económica y familiar definida, pero con una preocupación creciente: querer vivir la última etapa de su vida en la tierra que los vio nacer.
Caldas tiene hoy una oportunidad histórica. Ofrece calidad de vida, seguridad relativa, cercanía humana, movilidad en medio de la biodiversidad y condiciones que muchas grandes metrópolis ya no garantizan.
A quince años de la declaratoria, el mayor riesgo no es perder el título, sino vaciarlo de contenido. El verdadero patrimonio no se conserva por decreto ni se celebra solo en aniversarios. Se vive, se actualiza y, a veces, regresa. Caldas 2050 nos recuerda que el futuro del departamento también puede construirse con quienes un día se fueron y hoy están listos para volver. Bien por la Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales y este diario, impulsores iniciales de esta iniciativa.