El sátrapa, envalentonado y desafiante ante el presidente Trump, convocó a sus desechables, primera línea, contratistas estatales, sindicalistas, indígenas, gestores de paz y demás rémoras a quienes les paga para que nutran las manifestaciones en su apoyo, para declarar su independencia, atrincherarse en la Casa de Nariño y demostrarle al mundo que era el nuevo héroe rebelde y osado que no le temía a nada ni a nadie.

Pero terminó tragándose sus palabras. Tuvo que cambiar su discurso ufanándose porque el colonialista presidente norteamericano (o el “pelucón”, como lo llamaba Maduro), le recibió, por fin, una llamada telefónica en la cual le pudo “explicar la situación de las drogas y otros desacuerdos que hemos tenido”. Es decir, convocó a sus huestes para notificarles que se doblega ante el imperio y que tanta verborrea que ha destilado en los últimos días es, en verdad, la demostración de un temor profundo de correr la suerte de su vecino.

Y los asistentes a ese cuarto de Plaza lo aplaudieron, sin darse cuenta siquiera por qué. Ellos iban, supuestamente, a respaldar los actos de soberanía que tenía en mente su díscolo presidente y que estaban seguramente fundamentados en violencia, destrucción y muerte que es el lenguaje cotidiano de Petro, y las formas y maneras de quienes lo secundan en las plazas y calles.

Pero esta vez terminaron delirantes porque su amo se rindió a la voluntad de quien supuestamente iba a ser objeto de su ira. Bastó una llamada para que el presidente, que en la tarde estaba dispuesto a sacrificar a sus embriagados seguidores, resultara rindiendo cuentas, suplicando que lo recibieran en la Casa Blanca y tratando de soliviar sus últimos desafueros.

Petro pasó de “A mi no me amenace, aquí lo espero si quiere, no acepto invasiones, no acepto misiles, no acepto asesinatos…” y “…por la patria tomaré de nuevo las armas que no quiero”, a gracias presidente Trump por recibirme en SU casa y aceptar que vaya a rendirle cuentas.

Lo que el Gobierno colombiano no podrá celebrar es que seguramente las cuentas que va a rendir no coinciden con la amplia documentación que EE. UU. tiene recolectada y que, por demás, medio mundo conoce. ¿Qué podrá responder Petro sobre la financiación de su campaña? ¿O sobre el territorio cedido a los grupos narcoterroristas como cumplimiento del compromiso adquirido? ¿O sobre sus vínculos con Maduro y su organización ilícita de donde provino gran parte de los dineros a los que hizo referencia Benedetti hace unos años? ¿O sobre la impunidad concedida a grandes capos de la droga a quienes deja en libertad y los protege con esmero?

Una cosa es que lo reciban en la Casa Blanca. Otra, muy distinta, es que le vayan a creer el sartal de mentiras que tiene montada para tratar de desvincularse de lo que las evidencias demuestran.

Por ahora, solo queda en nuestras retinas que Petro, el jaguar, resultó siendo un despelucado y manso gatito.

¡Vendrán días peores para esta mafia que está destruyendo a Colombia!