22 May, 2026

Una oportunidad en ciernes (I)

Esta declaratoria se fundamenta en la relación indisoluble que existe entre el territorio y la cultura generada en su consolidación. 

En los años 20 del siglo pasado, los manizaleños de ese entonces habían construido 8 kilómetros de un cable aéreo para acercarnos por mar a los países del Pacifico.
Manizales está cerca de cumplir 177 años, razón por la cual urge evaluar lo sucedido durante el último tiempo, tomar nota de los pros y contras de las decisiones que han acompañado su proceso de afincarse en el centro del occidente colombiano, y sobre todo, retomar los proyectos que, sustentados en el conocimiento de su pertenencia al territorio cafetero han sido concebidos para alcanzar un lugar acorde con las oportunidades inherentes a su ubicación privilegiada.
Desenvolver el ovillo de la historia de una urbe surgida de una colonización impulsada por la arremetida inmisericorde de la pobreza, y ansiosa de encontrar un lugar seguro para crear sus recuerdos, nos llevará a comprender los numerosos obstáculos que fue necesario salvar para alcanzar la fisonomía de ciudad madura, y con ellos entender el porqué es reconocida por el mundo (UNESCO), que en asocio con el territorio donde implantó su raíz, la ha reservado para declararla como patrimonio de la humanidad.
Esta declaratoria se fundamenta en la relación indisoluble que existe entre el territorio y la cultura generada en su consolidación, allí están, a la vista de todos, los argumentos para tan honroso reconocimiento.
Somos el epicentro de un sistema territorial, Triángulo de Oro, cuyos vértices están definidos por las ciudades de Cali, Medellín y Bogotá. Los focos económicos más vigorosos del occidente colombiano. La vía construida en la rivera del Cauca, ejemplo de audaz ingeniería, hacen que el allá esté cada vez más cerca del aquí.
Hace 37 años se presentó a las autoridades gubernamentales y a la opinión pública una propuesta de desarrollo: “Esquema y Plan de Ordenamiento Territorial: Zona de Influencia de la Nueva Troncal de Occidente 1990-2010”, con el objeto de consolidar la región Centrosur del departamento, Chinchiná, Neira, Palestina, Villamaría y Manizales. Una integración que permitiría, al desdibujar las fronteras, construir servicios comunes para resolver problemas también comunes en movilidad, industria, salud, vivienda, espacio público… cómo puede advertirse el plazo fijado para alcanzar la visionaria iniciativa -unidad territorial, política y económica- era de 20 años; es decir que hoy, 17 años después, no hemos dado los pasos necesarios para su puesta en marcha.
La propuesta considera vital el desarrollo de las ventajas competitivas del Kilómetro 41. Mientras sigamos haciéndole el quite a esta oportunidad mantendremos interrumpida la posibilidad de tener una zona industrial de gran calado y un puerto seco que permita ampliar la capacidad exportadora de una vasta región. Asumimos, hasta ahora, el rol de convidados de piedra limitándonos a ver pasar, frente a nuestras narices, la producción industrial del Valle de Aburra en su paso a Buenaventura para continuar al resto del mundo por el Océano Pacífico.
Quedar por fuera como Región, Área Metropolitana, Municipio, por falta de una decisión política que entienda los réditos inherentes a las ventajas competitivas de la integración mundial a nivel económico, político, social, tecnológico y cultural, no parece comulgar con la audacia advertida por la UNESCO ese 25 de junio del 2011.