03 May, 2026

¡Colombia tiene escritoras!

Si la “gran feria” insiste en su error, desde los municipios de Caldas construyamos otra cosa: ferias territoriales intergeneracionales, críticas y autónomas.

La inauguración de la Filbo 2026 dejó, otra vez, una foto que debe avergonzarnos: once hombres en la mesa principal, ninguna escritora. La ministra de Cultura, por su cargo, fue la única mujer; sin esa investidura, la mesa habría sido enteramente masculina. El comunicado Armemos la espantosa, firmado por más de doscientas mujeres del ecosistema del libro, lo nombró con precisión: “un bodegón del patriarcado”. No fue descuido, sino una decisión política sobre quién cuenta en la literatura.
Conviene mirar el modelo entero. Esa foto es la consecuencia visible de un ADN que la Filbo arrastra hace décadas: aunque se viste de diversidad, opera con códigos coloniales, patriarcales y capitalistas que la vuelven un mercado donde los autores con sello transnacional tienen agenda privilegiada, mientras editoriales independientes y autoras de provincia compiten por una sala secundaria. El público es el lector urbano que paga por exhibir lo culto que es. Lo demás es retórica.
Algunas escritoras descalificaron el comunicado argumentando que está “plagado de no escritoras”. El argumento parece progresista, pero opera como un boomerang. Decir que las firmantes no son escritoras “de verdad” porque no tienen formación académica especializada, es la definición patriarcal y colonial que cuestionamos: solo se es escritora si se pasa por el doctorado, la editorial transnacional o el premio canónico. Esa vara fue diseñada para dejarnos a la mayoría por fuera.
La literatura viva, diría Audre Lorde, no es lujo: es una disputa. No se hace solo en el cuarto propio de la escritora con la vida resuelta, sino también en el taller del barrio, la editorial cartonera, la oraliteratura de las abuelas, la investigación que rescata del olvido a narradoras y escritoras empíricas. Desacreditar a tantas mujeres que sostienen el circuito literario es machismo internalizado disfrazado de pureza: nos enfrenta entre nosotras mientras la Filbo se sale con la suya.
La pluralidad del comunicado no es su debilidad: es su apuesta más radical. Y ahí, como escritora, investigadora y activista, veo su valor más profundo. Más allá de la denuncia, Armemos la espantosa abre una oportunidad para tejer una comunidad de escritoras, libreras, editoras, gestoras e investigadoras que no borre las diferencias sino las ponga a dialogar; que facilite el aprendizaje intergeneracional, interterritorial e intercultural. Esa es la espantosa que, después del grito, construye.
Si la “gran feria” insiste en su error, desde los municipios de Caldas construyamos otra cosa: ferias territoriales intergeneracionales, críticas y autónomas, donde quepan la literatura escrita y la oraliteratura, el libro y el fanzine, la novela y el canto. Un ejemplo es la Feria del Libro de Barrancabermeja, liderada por Darwin Olivero Salgado, que se vive en calles, veredas, parques y aulas, sin trato diferencial a sus invitadas.
En Caldas tenemos con qué construirlo. La Red de Escritoras de Caldas con su encuentro anual, Encantapalabras y sus procesos de poesía intercultural, Cuenta con Efigas y su formación en lectura crítica, el Encuentro de La Palabra en Riosucio, son procesos que entienden la escritura como derecho humano que se desarrolla en el lenguaje, las relaciones y las emociones, y debe vivirse de la cuna a la tumba; sobre todo, como práctica de poder y creación que transforma la realidad.
Armemos la espantosa en cada municipio y vereda, construyendo formas más dignas, justas y bellas, donde todas las escritoras encuentren acogida.