Cuando era niña quería ser veterinaria y escritora. Me gustaban los animales, los cuadernos nuevos y las preguntas sin respuesta. Pero las mismas personas adultas de mi familia me decían que el estudio no era para las niñas. 

Hoy, soy científica social y quiero compartir algunos datos, reflexiones y experiencias sobre la urgencia de superar esas brechas de género en las ciencias. No porque crea que las cifras lo explican todo, sino porque ayudan a entender que lo que muchas vivimos no fue, ni es, un caso aislado, sino un problema social que debe ser superado para avanzar hacia una sociedad más justa y sustentable. 

Es increíble que, en el mundo, solo el 33,7% de las personas investigadoras seamos mujeres (UNESCO, 2024) .Y en América Latina y el Caribe el promedio sea del 44,4%, pero esa participación disminuye en áreas estratégicas como ingeniería y tecnologías digitales (UNESCO, 2024). En Colombia, las mujeres representaban el 38% del total de investigadores, pero apenas el 26% en ingeniería y tecnología (UNESCO, 2024) 

Sin embargo, resulta de especial reflexión que las mujeres seamos el 60% de quienes se gradúan en la universidad, pero solo el 10% lo hagamos en carreras STEM (SEGIB, OCDE y ONU Mujeres, 2025). O que, en investigación y desarrollo representamos el 43% del personal, pero menos del 30% en áreas tecnológicas y apenas el 28% entre inventoras de patentes (SEGIB, OCDE y ONU Mujeres, 2025) 

Los informes regionales advierten que las mujeres están sobrerrepresentadas en disciplinas menos valoradas económicamente y subrepresentadas en aquellas que lideran la transformación digital (SEGIB, OCDE y ONU Mujeres, 2025) . Esto no es casualidad, se trata del resultado de una socialización que asocia la tecnología con lo masculino y el cuidado con lo femenino.

Por fortuna, cada vez hay más espacios, procesos y prácticas de conciencia colectiva; así como más estudios regionales que develan los sesgos de género y muestran los efectos de fenómenos como el “techo de cristal” y el “efecto Matilda”, que invisibilizan los aportes de las científicas (Ayala de Mendoza et al., 2025). Es decir, puedes ser una gran científica, pero, si eres mujer, tus aportes tienen menos posibilidades de ser reconocidos, publicados y apropiados socialmente. 

Pero, ¿dónde surge esa brecha? Sin duda, desde antes de nacer las niñas son sometidas a un sin número de ideas preconcebidas sobre lo que deben ser y hacer. La brecha nace y se sostiene por los estereotipos que nos someten a ocupar roles y espacios sin importar nuestros gustos o necesidades. Esos estereotipos se enseñan a través de frases tan simples como: “Las matemáticas son para los niños”. “Esa carrera es muy pesada para una mujer”. “¿Y cómo vas a combinar eso con la maternidad?”.

Recuerdo a una compañera muy brillante que dejó ingeniería porque sentía que siempre debía demostrar que “sí podía” ante sus profesores. También traigo a mi memoria todas las veces que al equivocarme en una ecuación mi profesora de Alegra se burlaba y me decía: “es que eres niña, qué más puedo esperar”. Mientras que a mis compañeros varones les festejaba hasta sus maneras particulares de escribir los números. Esa diferencia en el lenguaje, a unos les construye autoconfianza, y a otras les genera vergüenza e inseguridad. Y la ciencia, como la vida, también se sostiene sobre la confianza.

¿Qué podemos hacer? ¡Mucho! En las familias, dejar de repetir frases que siembran límites y empezar a sembrar preguntas. En las escuelas, fortalecer la confianza de las niñas en matemáticas y ciencias, visibilizar científicas en los libros de texto, promover mentorías y semilleros que acompañen sus trayectorias. Y, sobre todo, crear entornos comunitarios donde equivocarse no sea sinónimo de incapacidad asociada al género femenino, sino parte del aprendizaje de un ser humano. 

Si algo he aprendido en mi propio camino es que el conocimiento transforma, pero también libera. Aportemos para que en nuestros entornos y relaciones, ninguna niña vuelva a escuchar que estudiar e investigar no es para ella. 

Que el laboratorio, la ecuación y el algoritmo también pronuncien su nombre y reescriban su historia.