Coronado el primer cuarto de siglo, la incertidumbre y el caos parecieran ser los elementos más consistentes de los tiempos por venir: los inmediatos y los de largo plazo.
La demolición del orden internacional que nos trajeron los acuerdos de postguerra supone tiempos azarosos y el riesgo de regresar a situaciones que creíamos ya superadas y sin retorno. Hoy mismo el mundo se levanta preocupado por la deriva que tomará la intención de Donald Trump de arrebatarle Groenlandia a Dinamarca. El presidente francés, Macron, dijo esta semana que esta intención del presidente de Estados Unidos podría desatar “consecuencias en cadena sin precedentes”. La OTAN ha acusado la traición de su aliado de siempre y se prepara para defenderse.
Valores que se creían conquistas absolutas de la modernidad como la soberanía de los Estados, la democracia y los derechos humanos, entran en tensión y los instrumentos del derecho internacional no están sirviendo para superarla.
La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela es la más clara expresión de esa tensión. La obcecación de la dictadura de Maduro y la ausencia de organizaciones multilaterales capaces de expulsarlo del poder, hicieron que muchos, entre ellos millones de venezolanos, saludaran a Trump como un salvador.
De naturaleza distinta, las pretensiones de China sobre Taiwán y la invasión a Ucrania por parte de Rusia, también están planteando angustiantes interrogantes sobre el papel que jugarían estas potencias en el escenario de la geopolítica global a la luz del neoimperialismo norteamericano. El mundo asistió poco menos que impasible al genocidio de Gaza; el Derecho Internacional tampoco funcionó. Y Netanyahu ahí. Muchos afirman que estamos viviendo acontecimientos semejantes a aquellos que sirvieron de caldo de cultivo a las dos grandes guerras del siglo pasado.
A Colombia le vienen tiempos decisivos: la vigencia de su Estado de Derecho, la sucesión presidencial y la renovación del Congreso. En el primer caso está por verse en qué termina la discusión sobre la Emergencia Económica que decretó el Gobierno a finales del año pasado. Por encima de muchos intentos anteriores de trasgredir la vigencia del Estado de Derecho y el sistema de equilibrio de poderes por parte del presidente, este ha sido tal vez el más depurado y el más cínico.
Cuando uno de los referentes más importantes de la Constitución del 91 fue la limitación del poder presidencial por la vía de acabar con el Estado de Sitio, ahora el presidente Petro, horadando un principio fundante de la democracia según el cual no hay impuestos sin representación, acude a un Estado de Excepción para crear nuevos impuestos por la vía de un decreto. La Corte Constitucional actuará en consecuencia tumbando ese Decreto, y el Senado de la República hará también su tarea, debatiendo la medida, y ojalá censurando a los ministros, en especial al de Hacienda.
Nuestra cita con la historia de este 2026 se cristalizará con la conformación de un nuevo Congreso y la elección del presidente de la República. En cuanto a lo primero, nada habrá nuevo bajo el sol. El Congreso en esencia seguirá siendo el mismo hasta tanto no se reforme drásticamente el sistema político-electoral. En segundo término, la campaña presidencial avanza un poco en el limbo por la abstinencia en materia de encuestas. Hoy están picando en punta los extremos. En lo personal, quisiera que el péndulo político de regreso se quedara en la mitad, en el centro. Los extremos nada le han aportado positivo al mundo.