Primer tiempo, balón sin aire, fútbol sin vuelo. Motor apagado, futbolistas a la deriva. El afán por domesticar el balón, terminó por asfixiar el juego.

Poco o nada para mostrar entre un equipo rústico, típico de la B- El Cúcuta, local- y el Once, distante de su ensamblaje, con largas distancias entre el proyecto y el éxito.
Con el pito Matorel, tan flojo siempre, un tiro al aire.

Los problemas surgieron en la alineación. ¿Beltrán?, ¿Zuleta? ¡Por Dios! Esta vez no estuvieron.
Equipo sin marca, con repliegues desordenados, expuesto y aparatoso, con un portero nervioso. (Aguirre, el titular, al banco, porque Herrera, a Parra, lo vio mejor).

Entonces la vía del penalti acercó el sufrimiento. Fue infracción de Cardona.
Por eso llegó Quiñones con sus desbordes, con amplitud en el ataque. Le gusta la pelota y la domina, aunque en ocasiones se excede. Por eso, también, Zapata… Y luego Gómez, Navarro y Rojas.

Estaba Dayro. A la altura de su clase goleadora.
Fueron dos goles, pudieron ser cuatro. El segundo, sensacional jugada que inició Tamayo. Siempre Dayro para destrabar el ataque que magistralmente conducían Barrios con sus piques en los laterales ofensivos y Niche Sánchez con clase como director de orquesta: “Yo soy el camino”.
Sí, orquesta. No te sorprendas.

El segundo tiempo del partido fue un placer. El blanco aprovechó el poder que da el balón: lo escondió con maestría, tejió buen fútbol en espacios reducidos, dominó con técnica y pases y consumió los minutos finales desde la experiencia.
Aunque con riesgos, porque un arquero veterano, Federico Abadía, recursivo, pero mañoso, se fue a la ofensiva, arrasando lo que encontraba, para provocar, de manera fraudulenta, un penalti. Matorel no cayó en la trampa.
El recurso de un equipo mediocre.
A esa altura, el Once, a pesar de la superioridad numérica desde la expulsión de Peralta, carecía de las fórmulas para cerrar el partido. Se habían agotado los relevos y no tenía los recursos para plantar un bloque bajo.
Cuando quiere, el Once hace la vida alegre, aunque siempre está abierto al debate… Y a los sustos.