A los amigos se les habla con claridad… Con la verdad, así duela, sin importar los costos. Tan extraña siempre la pelota. Toma el camino menos pensado, con sus efectos extraños que la hacen, tantas veces, inmanejable.

Le pasó al Once Caldas ante Tolima. Una secuencia de rebotes sin dueño que terminó con el balón en la red de Joan Parra, cuando el empate parecía firmado. Con el colapso inevitable en el resultado, tras una tarde de angustia y sufrimiento.

El episodio contó con el aporte del autoritario e inflexible árbitro Wilmer Roldán, quien le negó el regreso inmediato al campo a Jorge Cardona convencido de una simulación programada, rotulada como trampa. En esa fracción nació la grieta, capitalizada por el Tolima, por el carrill que le correspondía al defensor ausente.

Errores compartidos. El árbitro se excedió y Cardona exageró. Los engaños al reglamento, para enfriar el juego, erosionan el futbol. Pero el Once no perdió solo por esa acción. Los palos lo salvaron. El juego lo condenó.

El rendimiento fue bajo, la propuesta inestable, los cambios tardíos, el bloque defensivo frágil, con una inexplicable concesión de espacios en el medio campo, donde Tolima tiene mayor fluidez en el juego colectivo.

El equipo insinuó pero no sostuvo su línea de juego. Los relevos llegaron con retardo. Atacó con inseguridad sin precauciones defensivas. Falló en la definición. Pese a las opciones blancas, el partido pudo terminar en goleada.

Joan Parra, de nuevo, fue el más creativo desde la portería. Pero con sus saques solo activó la banda izquierda, desonociendo la derecha, pasiva toda la tarde.

Tolima no brilló con nombres. Brilló el conjunto. Sabe a que juega y bien lo ejecuta. Por eso el empate parcial para el Once era buen negocio.

Aún duele la opción de Dayro a un metro del portero, la de Gómez que perdió por precipitud y el disparo de Déinner Quiñones, que sacó chispas a los guantes del guardameta Volpi.

Vienen ahora dos partidos en casa, seguidos, ojalá con el estadio como aliado y no como enemigo.

 

El Arriero

El salvoconducto para la continuidad de Hernán Herrera, depende de los resultados y no de factores externos. “No arruga” Jaime Pineda, frente a las presiones.

Sabe, porque rápido lo aprendió, que no se empodera a las barras, ni a los periodistas, ni a los futbolistas en el vestuario, donde la voz cantante es el entrenador. Hacerlo es incurrir en el peor error por parte de la dirigencia. Es sufrir un vacío de poder. Está demostrado.