Hace cien años, en 1926, el 20 de marzo, se quemó la primera Catedral de Manizales que antes se había salvado de otros dos voraces incendios de 1922 y 1925, causando entre los ciudadanos de ese próspero poblado fundado poco más de medio siglo antes una reacción cívica que llevó a la reconstrucción de la ciudad por lo alto, acudiendo en París al director de la escuela de Bellas Artes, el poderoso Julien Polti, quien ganó el concurso convocado para ese efecto.
Polti era una autoridad y su huella está registrada en múltiples construcciones en Francia y en Europa, por lo que no es extraño que la Catedral surgida de sus planes fuera esa obra extraordinaria y loca que la emparenta con las construcciones monumentales y milenarias de las grandes civilizaciones mediterráneas, mesopotámicas y prehispánicas o en la Edad Media, las del delirio gótico.
Para la construcción vinieron los ya legendarios Papio y Bonarda, que no solo dejaron huella en la desmesura de la Catedral sino en múltiples edificaciones que constituyen hoy el Centro Histórico, marcado también por el impulso modernizador del Art Deco. Papio y Bonarda y sus colaboradores ya eran famosos en Italia y respetados en el Vaticano.
Las élites eclesiásticas y financieras de la ciudad y también la gente modesta que ayudó y colaboró, actuaron pensando en grande y en las futuras generaciones, esos imaginarios habitantes descendientes suyos que viviríamos un siglo o varios siglos después. Son dignos de elogio esos emprendedores eclesiásticos y financieros que recolectaron dinero para construir la nueva Catedral de cemento armado, una construcción desmesurada que ningún fuego podría calcinar. Su acción fue un acto utópico y quimérico emparentado con la poesía, la locura y el delirio.
Su gesto es un desafío como el de los reyes que construyeron los más grandes palacios, por ejemplo el Rey Sol Luis XIV con su Versalles, el constructor del Taj Majal o ese emperador chino loco que creó para la eternidad un ejército multitudinario de figuras en cerámica, cada una original, que estuvo sepultado durante milenios hasta que fue descubierto por los arqueólogos.
Los manizaleños siempre hemos estado impresionados desde la infancia no solo por el carácter de mirador de nuestra ciudad hacia los paisajes más impresionantes, valles, montañas, cordilleras y volcanes, sino por esa Catedral que reemplazó a la quemada de madera, incinerada hace exactamente 100 años. Desde niños al cruzar por allí sentíamos ese peso demencial de su belleza y desmesura.
Cuando veíamos las fotos del incendio de ese templo de madera tratábamos de imaginar a la ciudad en aquellos tiempos con sus bancos, tiendas, plazas, arrieros y otras iglesias de madera como la Inmaculada, aún presente en el Parque de Caldas. Y si queríamos imaginar y volver a ver a la quemada en 1926 solo bastaba ir a Chipre a ver la bella réplica de cemento construida al despuntar la década de los 50.
Manizales, ciudad tan reciente que aún no tiene ni siquiera dos siglos, posee su historia secreta y sus desmesuras. Somos afortunados quienes nacimos ahí y algunos de sus habitantes, que con el tiempo han comenzado a valorar su Centro Histórico, evocan con tristeza las construcciones perdidas, incendiadas o demolidas como el Teatro Olympia, pero llevan en alto la antorcha de la lucha contra la devastación de las joyas del pasado y el reino creciente del cáncer urbano del cemento.