Guerras, masacres, holocaustos pululan en la historia de la humanidad. Nada que aprendemos a convivir de manera colaborativa en las diferencias. Minorías étnicas son sojuzgadas, eliminadas, desplazadas. Las migraciones forzadas cunden en todos los continentes y países, gentes que huyen de la violencia, en busca de lugar para sobrevivir.
Creadores los hay que en sus obras expanden el espíritu, sin quedar en la mera protesta, en el cartel. La poesía en Gaza es una prueba de tomar en cuenta, de enorme actualidad, como fue también en el Holocausto, y en tantos lugares de cruel y absurdo exterminio. Acudo por ejemplo a Nasser Rabah (n. 1963), poeta gazatí, víctima sobreviviente de cinco guerras y del genocidio sin término, con permanencia en la nación palestina, deambulando por lugares en destrozos, con pérdida total de su propia biblioteca. Autor de seis poemarios y dos novelas. Se publicó en español su libro “Gaza: el poema hizo su parte” (2025). En la tradición poética representada en Mahmud Darwish.
Poeta no detenido por el dolor; su palabra bulle con metáforas y alusiones de imaginación, a veces en directo, de todo lo padecido en su pueblo y en su persona. Momentos de enfrentar la muerte, cuando el valor de las cosas se desvanece, y con la palabra en esas circunstancias se registran los sentimientos, el dolor, el silencio. Su escritura se ubica en una especie de estado de ensoñación, al permitirse aflorar los destellos que se llevan dentro. La dureza de la vida no le limita el mirar un mundo de posibilidades, un tanto invisible, propio para la inspiración. Y el dolor templa la conciencia y la creatividad, sin la felicidad. La poesía de Rabah merodea por el vacío, por la tristeza en los corazones, en legión de suspiros. La esperanza va a la espalda en el amasijo de los que huyen, de un lado a otro, con retornos y escondites en la encrucijada.
Como un sueño que desaparece al despertar, sin posibilidad de asomar al balcón, no deja de estimar la calle como recurso de presencia y de huida, con resultado de la poesía interpretar el vacío. En las intempestivas huidas por el fuego de bombardeos y metrallas, quedan las ropas abandonadas, como “almas cautivas en la penumbra, en el olvido”. Convoca a conversar para que los silencios no torturen el corazón. Es el drama de la vida en medio de los estruendos y las destrucciones, con precario espacio para el diálogo y el amor.
En la música devela el sentido de la ausencia. Las balas son silencio, lamento, flor, sepultura, palabra, que dejaron en tierra a los ausentes, caídos. Se pregunta: “¿Te ha llegado mi corazón desnudo en la noche, como un corcel que nunca encontró la piedad de las balas ni recibió el beso de la vida al final de la guerra?” Supone que habría un final. Pero concluye sentirse desnudo, vacío y triste en una guerra interminable.
Queda la poesía en testimonio del desastre. Las ambiciones terrenales, por poder y riqueza, minan la condición humana, sin considerar la fortaleza natural para preservar la vida. Las guerras siguen destruyendo la esperanza, el fortín de los buenos deseos por la subsistencia de poblaciones de todas las regiones y épocas.