Para Navidad quisiera pedir un mundo común. Uno en el que podamos volver a saber cuál es la realidad en la que vivimos. Uno en el que nos pongamos de acuerdo sobre lo que es verdad -así sea una verdad mínima-, para que desde allí, al menos, comiencen nuestros debates. Sin ese mundo común no existen márgenes que nos indiquen que discutimos dentro del mismo cuadrilátero, entonces cada quien termina hablándole a su tribuna, sin encontrar cómo orientarnos para discutir y acordar frente a frente.
“Si no podemos acordar lo que es, entonces tampoco podremos acordar lo que debe ser”, escribe la española Máriam Martínez-Bascuñán en la introducción de su libro recién publicado El fin del mundo común: Hannah Arendt y la posverdad. Por eso quiero de regalo ese mundo común que nace de reconocer entre todos como ciertos los mismos hechos. Lo vamos a necesitar ahora que empieza la campaña política en Colombia, justo cuando la diplomacia internacional avanza entre humo y palabras ligeras.
En un nuevo episodio de trinos del presidente Petro quedó retratado ese mundo roto. Trató de nazi y fascista a José Antonio Kast, presidente electo de Chile. Le llovieron críticas, que por exagerado, que por violar los protocolos diplomáticos. Aunque Kast ha insistido en romper con el pasado nazi de su abuelo, es conocida su preferencia por el legado criminal del dictador Augusto Pinochet. ¿Cómo se le dice a un seguidor de Pinochet? ¿Se le puede decir fascista a un fascista? Me gustaría poder hacerlo sin consecuencias, de Navidad, para ver si desde ahí discutimos lo demás: si lo que dijo Petro estuvo bien o mal desde la diplomacia, o si Kast y su predilección por legados criminales es lo que más le conviene a América Latina.
El problema es que Petro está preso de sus propias ligerezas con la realidad. En el pasado ha llamado fascistas, nazis, narcos o mafiosos a muchos de sus opositores. En su intento por extender esas palabras, hasta vaciarlas, también rompió el mundo común. Entonces, cuando llega la hora de llamar fascista a un fascista, nadie le cree y la realidad no se reconstruye.
En ese mismo episodio de trinos, Petro reconoció por primera vez que Nicolás Maduro es un dictador. Que lo es “por concentrar poderes”, dijo. ¿Cómo más se le llama a quien concentra los poderes públicos? ¿Se le puede decir dictador a un dictador? Quisiera poder hacerlo sin consecuencias, de Navidad. Pero el presidente tardó tanto, disimuló tanto y coqueteó tanto con el proyecto de Maduro, que cuando lo dijo ya tenía poca fuerza. Llevaba mucho tiempo rompiendo la realidad.
Que el genocidio en Palestina sea un genocidio. Que la invasión a Ucrania sea una invasión. Que el narcotráfico de las disidencias de las Farc sea narcotráfico. Que la violación a los derechos de los latinos en Estados Unidos sea violación a los derechos. El mundo común necesita afirmaciones. Puede que algunas resulten demasiado radicales para quienes buscan refugio en el centro político, en los grises, en el diálogo. Para ellos pido esta Navidad la inteligencia necesaria y el rigor para tomar postura, para afirmar.
Pero, por otro lado, que no se llame criminal a cualquier migrante, ni narcotraficante a cualquier embarcación del Caribe, ni “jefe de los carteles” al -apenas pésimo- presidente de Colombia, ni lucha contra las drogas a lo que es imperialismo, ni mafioso a cualquiera de derecha, ni terrorista a cualquiera de izquierda. El mundo común también necesita ponerle límites a la falsedad, obligando a que las afirmaciones tengan la honestidad de sustentarse. Porque los políticos en elecciones juegan a sacarle rédito a la implosión de cualquier acuerdo sobre la verdad de un hecho.