Hace unos cuantos meses un grupo de monjes budistas inició una peregrinación desde su monasterio, ubicado en un pueblo de Texas llamado Fort Worth, hasta su objetivo final: Washington. Escogieron para su recorrido la época más difícil del año, es invierno en Estados Unidos, uno de los más fuertes que han habido en los últimos tiempos.
En un mundo afectado por las guerras entre naciones y pueblos y por conflictos internos, como el que vive nuestro país, un símbolo viviente de paz es lo que representan estos monjes. Al inicio del viaje eran 20, pero en noviembre, un hombre, en una camioneta, arrolló a 2 de ellos, el más afectado perdió una pierna. Sin embargo la caminata no se detuvo.
El efecto que ha causado en las personas que los ven a su paso, que se reúnen en lugares improvisados o en grandes estadios para escucharlos, es muy grande. Se ven mujeres arrodilladas al borde del camino, llorando, mientras los ven pasar. Niños que les regalan flores.
Personas que les ofrecen una fruta u otro tipo de alimentos, pues los monjes viajan sin nada, algunos de ellos descalzos o, más bien, con los pies vendados, pues las heridas y las ampollas requieren algún tipo de protección. Escuchando los comentarios de periodistas estadounidenses, algunos resaltan el efecto que ha traído esta caminata a través de varios estados y lo describen como “unidad”, los monjes han congregado en torno a ellos personas de diferentes ideologías, razas, niveles socioeconómicos; todos profundamente conmovidos por el mensaje de paz que encarnan estos monjes.
Su líder enfatiza en que esta caminata encarna los principios budistas de la no violencia, la atención plena y la compasión. Su mensaje diario es: “Que hoy sea un día de paz”. Qué diferente sería el mundo si todas las mañanas, al despertarnos, pusiéramos esta intención y la sostuviéramos durante el día, si no nos dejásemos alterar por las pequeñas cosas que nos molestan. El monje que fue arrollado por la camioneta declaró, apenas dos días después del accidente, que había perdido su pierna, pero no su paz. Qué maravilloso ejemplo.
Al lado de los monjes marcha un ser muy especial, tiene cuatro patas y una cara sonriente. Se llama Aloka, es un perro que se unió a una caminata que los monjes realizaron en India en el 2022, con ellos recorrió más de mil kilómetros. Era un perro callejero, que poco a poco demostró su lealtad y perseverancia al recorrer el camino del Buda al lado de los monjes, así que uno de ellos decidió adoptarlo y llevarlo a Estados Unidos.
En el budismo se tiene la creencia de que los animales guardan las almas de seres que retrocedieron en su nivel evolutivo, así que este compañero de camino es tratado con mucho respeto y cariño. Ha pasado muchas penurias y enfermedades a lo largo de su vida, pero su tenacidad ha sido más grande que las dificultades. A principios de este mes tuvo que ser sometido a cirugía, por un problema en una de sus patas, tantos meses caminando le han pasado factura; sin embargo, aún en recuperación, sigue acompañando a los monjes como fiel compañero de viaje.
La próxima semana la caminata por la paz alcanzará su destino final. Ojalá los monjes sean escuchados y su esfuerzo y ejemplo dejen una semilla de paz sembrada en muchos corazones.