En el 2026 Colombia elegirá Congreso y presidente. Y casi todos repetimos la misma frase frente a la urna: “Yo voto con cabeza fría, pensando bien”. Pero, ¿y si esa seguridad fuera solo un espejismo? El economista Bryan Caplan, en su libro El mito del votante racional, plantea una verdad incómoda: la mayoría de los ciudadanos votamos mal... sin saberlo.
Caplan parte de una idea tan sencilla como perturbadora: el voto individual casi nunca define una elección. Como nuestro sufragio tiene impacto mínimo, inconscientemente dejamos de informarnos con rigor. A esto lo llama ignorancia racional. No es pereza; es un cálculo intuitivo. Multiplicado por millones, ese error termina costándole muy caro al país. Al comparar las creencias de votantes comunes con economistas profesionales, Caplan identifica cuatro sesgos sistemáticos que moldean nuestras decisiones electorales.
El primero es la desconfianza hacia el mercado. Creemos que las empresas y precios engañan, que el Estado debe controlarlo todo mediante regulaciones. Rara vez analizamos que esas medidas destruyen empleo formal y perpetúan la pobreza que dicen combatir.
El segundo sesgo es el miedo al extranjero. Pensamos que abrirnos al comercio internacional nos quita trabajo, cuando exportar café, flores o servicios permite divisas que dinamizan la economía. El proteccionismo emocional empobrece más de lo que protege.
El tercer error es confundir salario con bienestar. Aplaudimos aumentos salariales inmediatos sin preguntarnos si las pequeñas y medianas empresas pueden sostenerlos. El resultado es mayor desempleo, informalidad e inestabilidad para las familias.
El cuarto sesgo es el pesimismo crónico. La sensación de que todo está peor nos conduce a votar desde el desencanto y apostar por soluciones extremas sin medir consecuencias.
Lo más preocupante es que estos errores no se neutralizan entre sí. Si la mayoría se equivoca, igual las políticas públicas también estarán torcidas. Los políticos lo saben y aprenden a explotarlos. ¿Existe salida? Sí: educación, información y responsabilidad ciudadana.
La Constitución Política de Colombia reconoce en su artículo 258 que “el voto es un derecho y un deber ciudadano”. Esta frase no es contradicción, sino una invitación a entender que participar en las urnas implica doble naturaleza: libertad de elegir y responsabilidad de hacerlo bien. Ser ciudadano es ejercer poder conscientemente.
La democracia sólo es viable cuando los electores eligen con criterio. No se trata de ser economista, sino de leer propuestas completas, verificar cifras, desconfiar de emociones y exigir coherencia a quienes gobiernan.
En Colombia, con 60% de informalidad laboral, cada voto pesa más de lo que creemos. Antes de marcar el tarjetón: ¿hay datos o solo emociones?, ¿qué dicen expertos serios?, ¿funcionará realmente esto?
Desde el sur de Colombia, pasando por Manizales hasta La Guajira, el reto es claro: informarnos mejor, debatir con argumentos, romper la comodidad de la intuición. Un electorado que estudia es democracia que respira.
Rompamos el mito en el 2026. Votemos con cabeza, no con sesgos. Colombia no necesita ilusiones que decepcionen, sino políticas que funcionen. El poder real empieza en la mente, antes de llegar a la urna.