Una vez pasadas las elecciones del Congreso la atención del país está en las elecciones presidenciales. En Colombia hay temas relevantes, por ejemplo el aumento en los índices de inseguridad, el deterioro significativo de las finanzas públicas, los problemas crecientes del sistema de salud y la debilidad de variables macroeconómicas, entre ellas, la presión inflacionaria, la resistencia de la informalidad laboral, el creciente déficit comercial y la caída histórica en los niveles de inversión privada. Son los temas que deberían estar en la agenda política de los candidatos, y lo que todos como ciudadanos deberíamos exigir en sus programas de gobierno.
Ahora bien, sabemos que las campañas electorales involucran arreglos políticos, emociones y sentimientos que mueven el poder de los votos, lo cual reconfigura temas y preocupaciones de los candidatos y las personas. A menos de tres meses de la votación a primera vuelta, prácticamente toda la estructura de comunicación está concentrada en votar por una izquierda representante del continuismo del Gobierno Petro o votar por una opción representante de una derecha opositora al continuismo del Gobierno Petro. Y, entre las opciones de fórmulas a presidente y vicepresidente se encuentra algo similar: equipos sin personalidad política, uniéndose a alguno de los dos bandos, esperando la decisión de los ciudadanos si quieren más o menos Petro en los próximos años.
Esa decisión es profunda. Entre los dos bandos hay dos visiones divergentes de país, enfrentados dos modelos económicos, uno que ha demostrado históricamente tener resultados mixtos con un balance general positivo y otro ser un fracaso en indicadores de progreso social y de ineficiencia estatal. Esa estrechez del debate político actual es mi mayor preocupación.
Colombia necesita una agenda política que deje atrás las discusiones del siglo XIX y XX en cuanto a modelos económicos, se merece avanzar hacia una propuesta de pragmatismo en la cual la acción, el contexto y los resultados sean el camino. El pragmatismo defiende la utilidad práctica desde la verificación empírica, con una capacidad de adaptación a realidades, rechazando verdades absolutas y dogmas en el pensamiento. En el fondo de ese enfoque pragmático hay tres principios clave: la diversidad, la cooperación y la comprobación. Diversidad en donde logremos acuerdos de vida en sociedad, cooperación entre agentes distintos que trabajemos hacia objetivos comunes y comprobación de implementar políticas con resultados efectivos para el bienestar.
Por eso, los invito a que hagan el ejercicio reflexivo de identificar dentro las fórmulas a presidente y vicepresidente los equipos más cercanos a proponer un pragmatismo para el país, donde se pueda pensar distinto, pero construir en colectivo. Donde la lucha electoral no sea simplemente en qué grupo se queda con el poder. Donde muestren que gobernar no implica dividir constantemente y que la diferencia puede ser tolerada en el mismo bando. Donde superemos gradualmente ese fetichismo caudillista que nos ha caracterizado, a Uribe déjenlo pensionar y a Petro también. Hoy millones de personas en Colombia están esperando respuestas a problemas que Uribe y Petro no pudieron resolver.
La fórmula ganadora tendría que ser esa que trate de unir y deje atrás discusiones ambiguas de modelos económicos, de un sector privado versus un sector público, o de una clase social contra otra, como si fuéramos enemigos. Una fórmula que llame desde la diferencia, donde el filtro para gobernar no sea que piense igual que todos o el líder político de un movimiento. Unos candidatos que generen expectativa de no seguir en lo mismo, pero tampoco volver al pasado. Sería interesante una renovada opción a presidente y vicepresidente que piense desde hoy en el futuro, marcando un punto de inflexión en la política económica y social de Colombia.