Elecciones 2026
Señor director:

Asistí a una de esas reuniones ejecutivas de fin de año en las que, por pacto tácito, se evita hablar de empresa para fingir camaradería personal. El guión es conocido: hijos, viajes, enfermedades, dietas. La leche deslactosada y la de almendras -que alguien despachó con gracia: “creeré en ella el día que vea ordeñar una”- marcaron el tono.
La política, inevitable, se coló como invitada. Se habló de elecciones: de un lado, el candidato ya definido; del otro, una montonera de deseos, porque ni siquiera alcanzan a ser ambiciones. Sueños de dos por ciento que, gracias al voto en contra, crecen hasta coronar al menos pensado. Con un almirante que no manda, arrea.
Un contertulio, rector de una emisora que aún recuerda cuando las cadenas radiales pesaban, resumió la estrategia: esperar, cuidarse de no ser quemados por las redes sociales y su corte de inquisidores digitales. La conversación murió ahí, como tantas veces.
Uno piensa entonces que al camarón que se duerme se lo comen los sapos, y que ya estuvo bien del experimento de la llamada izquierda progresista. Llamada, porque nada más conservador que un fanático, sea del color que sea. El progresismo, al final, parece un traje alquilado: se devuelve arrugado y con manchas de corrupción sin límite.

Luis Fernando Gutiérrez Cardona

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