La banalidad del mal en nuestra vida cotidiana
En Manizales hemos visto, en pocas semanas, hechos que parecen sacados de una mente atormentada. Pero no son ficción, son señales de una fractura profunda en nuestra sociedad. El asesino del sacerdote Darío Valencia Uribe que declara: “Lo miré a los ojos y le disparé cuatro veces”. El agresor que mató a un ciudadano diciendo actuar “en nombre de Jehová”. El hijo que asesinó a su propia madre con 19 puñaladas de un destornillador. Y la tragedia de la pequeña Antonella, degollada por la misma mujer que debía protegerla.
Estos crímenes no son simples sucesos policiales. Son el testimonio de un mundo atormentado por la locura. Y esa locura, por dura que sea la palabra, se ha convertido en el patrimonio de nuestro tiempo.
Cada día aumenta su número. Cada día vemos acciones más deshumanizadas, más impulsivas, más crueles.
Hannah Arendt llamó a esto la banalidad del mal: el peligro de actuar sin conciencia, sin detenerse a pensar, sin ese juicio moral que dice “esto está bien” o “esto está mal”. Eso es precisamente lo que estamos perdiendo: la conciencia, la lucidez, la capacidad de distinguir. Porque cuando el sentido del hombre reemplaza al sentido de Dios, la brújula moral se desimanta.
Y en ese vacío, la violencia se normaliza. En ese silencio interior, el mal gana terreno. Así terminamos viviendo bajo una especie de ley de la selva, donde el más fuerte devora al más débil y donde la vida del otro vale cada vez menos.
No podemos continuar arrodillados ante los falsos dioses del dinero, del poder y del tener. No podemos aceptar que la locura se vuelva paisaje. Aunque los hechos estremecen, todavía hay margen para reaccionar. Si estos crímenes nos indignan es porque la conciencia todavía respira. Y mientras respira, hay esperanza. Necesitamos volver a lo esencial: a Dios, a la familia, al respeto por la vida, a la formación del corazón, a la luz que permite distinguir el bien del mal. Sin esa luz, la oscuridad se adueña de todo; con esa luz, incluso pequeña, el mal pierde terreno.
Porque cuando Dios ocupa el centro de la vida, el mal deja de caminar a sus anchas. Y cuando una sociedad decide despertar, la locura deja de ser patrimonio y vuelve a ser excepción. La pregunta que nos queda es simple, pero urgente: ¿Estamos dispuestos a recuperar la cordura moral antes de que la locura se vuelva irreversible?
Clara Inés Llano Uribe
 

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