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Lección de vida
Fui a uno de esos eventos a los qué va muchísima gente. Al buscar almuerzo, en el lugar no había mesa. La espera no fue muy larga, la táctica nacional es hacerse al lado de quien parece estar a punto de acabar, la persona comprende y el lenguaje de los ojos hace el resto.
Mesa de cuatro para dos; alguien, que hacía lo mismo, fue directo: ¿puedo poner esto aquí? “Por supuesto, siéntese”. Es un chico de unos 20 años que ya trae su plato en la mano, un poco exiguo. “Esto es mucho, le decimos, cuando llegaron los nuestros: ¿quiere?” El chico se niega, pero accede a la insistencia y con mucho gusto le trasladamos lo que quiso.
“Hay mucha gente”, comentamos, “¿trabaja acá o es visitante?”. “Soy la vaca”, nos dice con una media sonrisa: la vaca es el muñeco de publicidad de lácteos por dónde acabamos de pasar. Debe hacer mucho calor dentro de ese traje, le pregunto, y dice que no más de la temperatura ambiente.
Le pregunto también qué estudia y me dice que acaba de terminar tercer semestre de Derecho: son cinco años de estudio, me cuenta, “más uno de judicatura, porque no haré tesis”.
Pienso: Este amigo ya tiene un mapa a cuatro años. Un plan. El de antes. El de la persistencia, el del papel. Y pienso en la IA, en Perplexity, Gemini, Grok, Copilot y centenares o miles de plataformas más que hay y surgen cada día. Pienso en los Musk del cuento diciendo que los abogados serán cosa del pasado, como los médicos, como todos, que el cerebro artificial (¿se dejará seguir llamando así?) hará lo de ellos, ya, de inmediato. Que las profesiones las sustituirá un prompt. Y él, pagándose su universidad dentro de una botarga de vaca, con su plan a largo plazo.
Hablamos de alguna cosa más. La gente ronda con el mismo afán que nosotros, cedemos el espacio, pagamos la cuenta. La de él también, sin preguntarle. Nos levantamos y nos perdemos en la multitud con un “feliz vida”. Debajo de la vaca hay un ser humano. Un futuro abogado. Quizás, con los años, recuerde un plato de comida compartido con extraños. “Recuerdo, dirá a sus hijos, cuando vestido de vaca, me ganaba unos pesos para ayudarme”, pero nunca sabrá que su plan, hecho bajo ese traje, nos dio una lección: Que el mapa que uno se traza es lo que nos hace humanos, a pesar de lo que dicta la tecnología.
Un joven de 20 años es una fábrica de ilusiones que ignora los algoritmos o que los soslaya. Algo hay que hacer ¿no?
Luis Fernando Gutiérrez Cardona