Una lección todavía fresca del Once Caldas
Los deportes de competencia, sobre todo el fútbol, por ser el más popular y masivo de todos, cumplen importantes funciones sociales: refuerzan las identidades regionales y nacionales, generan oportunidades de recreación y empleo y se comportan como especie de cloacas o alcantarillados sociales a través de los cuales muchos individuos liberan lo peor de sus instintos agresivos, sin recibir por ello una sanción (más bien son celebrados y consiguen seguidores de su misma condición).
Admitir esta última función puede ser difícil, mas no para quien asiste al estadio y escucha miles de aficionados recordándole al árbitro, a un jugador o al técnico la supuesta e indigna profesión de su querida mamá; tampoco para los usuarios de redes sociales, donde con ortografías antes inimaginables se escriben los más denigrantes insultos.
Pero otra cosa es que desde un espacio deportivo radial se llame “vivazo”, “mediocre”, “lobo con piel de oveja” al adulto mayor que dirige al Once Caldas; esta vez como reacción a la decisión del propietario del equipo de ratificarlo en el cargo. Luego, injustamente, al D.T. lo obligan a responder en las ruedas de prensa las preguntas envenenadas de sus verdugos. ¿Olvidaron tan pronto que, comparativamente, Manizales tuvo este año una de las mayores asistencias promedio al estadio? ¿Por qué sería?
Probablemente, el irrespetuoso que lanza estos calificativos olvida que dos directivos muy bien intencionados (sus apellidos, creo, eran Vásquez y Ramos) montaron una lujosa plantilla para el Once Caldas, pero llegó el momento en que no había con qué pagarla. Hubo una reunión en el Fondo Cultural Cafetero donde se ventiló una situación tan crítica que llegué a preguntarme si sería de mal gusto ofrecer colaboración con un mercado u otra ayuda. Comentaban algunos asistentes que Juan Carlos Osorio prestaba dinero de su bolsillo a ciertos jugadores para facilitar su manutención.
Ese pequeño pero incisivo y nocivo núcleo del periodismo local que olvida esta lección de la historia del Once, y el sector de la afición que consume sus diatribas sin la debida digestión racional, se creen con el derecho a imponerle a los propietarios del equipo lo que sienten hacia su Director Técnico. Incluso, entre líneas, les advierten que los aficionados podrían tomar vías de hecho (¿invasión de cancha?), pero luego, en un dudoso acto de sensatez, opinan que esas vías deberían ser pacíficas.
Jorge O. López V.
 

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