Cable aéreo en Ambaji (India), reconocido sitio de peregrinación.

Foto | Pexels | LA PATRIA

El profesor y organista Luis Enrique García plantea una innovadora idea para sacarle más provecho turístico al cable aéreo. ¿Se le mide? En la foto, el cable aéreo en Ambaji (India), reconocido sitio de peregrinación.

Autor

Luis E. García Restrepo
LA PATRIA | Manizales

¿Posee Manizales atractivos turísticos?

Negativo. La ciudad carece de genuinos atractivos turísticos, es decir, de lugares, objetos o eventos que atraigan por sí mismos el interés de visitantes, como lo fue el nevado del Ruiz y lo dejará de ser el evento taurino anual.

Posee desde luego “atracciones para los turistas” como la imponente catedral con su mirador central, las piscinas termales aledañas, el Recinto del Pensamiento, el Museo de la U. de Caldas, el Recinto del Pensamiento, la Hacienda Venecia, el tour aéreo en góndolas cerradas… y pare de contar.

 

¿Habrá un genuino atractivo turístico?

Se me ocurre uno de costo insignificante, instalado sobre una infraestructura existente y además novedoso, factible y original en el contexto nacional. Antes de exponerlo, recordemos que desde niños envidiamos el vuelo libre y plácido de aves surcando el cielo y contemplando el mundo a sus pies. Alguna vez soñamos emularlas.

Consistiría en ofrecer una travesía aérea tan segura como caminar en la propia casa, tan emocionante como un vuelo en parapente y tan inolvidable como aquellas experiencias que nos producen una excitante descarga de adrenalina o placentera de dopamina.

Se trata entonces de incorporar en los recorridos del actual cable aéreo dos o más telesillas abiertas de pinza fija, de tres puestos para una, dos o tres personas, semejantes a las instaladas en montañas de Europa y USA, donde las normas de seguridad son más estrictas -y más sensatas- que las nuestras.

Sin duda la empresa constructora suiza Leitner las diseñaría y construiría con todas las condiciones de protección, comodidad y manejo. Tan confiables serían como son las actuales góndolas de transporte, que de hecho conllevan menos riesgo que cruzar cualquier punto en la vía de buses al Terminal, subirse a una montaña rusa o montarse en un columpio popular.

 

¿Cómo funcionaría?

Su recorrido se iniciaría y concluiría en las estaciones de la carrera 23, donde los usuarios guardarían en lóquers todos sus objetos portátiles, salvo el celular. Dispondría cada estación de una telesilla fija para ensayar el acceso rápido de los usuarios, aunque el minuto actual de embarque y desembarque daría tiempo suficiente.

El costo -se me antoja- sería el de una cabina de transporte ocupada (unos 20.000 pesos), sean uno, dos o tres los usuarios. Desde luego que habría condiciones de uso como estatura mínima, limitaciones de movilidad, lluvias, reservas anticipadas y, en casos especiales y a juicio del jefe de estación, la firma de un documento de exención de responsabilidades.

Las telesillas tendrían piso con cierres laterales para evitar la caída del celular y cinturones cruzados individuales asegurables con llave especial en la parte trasera de la silla (para prevenir un lanzamiento voluntario, evento improbabilísimo, pero posible).

Imagínense esta vivencia: diferente, exclusiva, de ensueño, envidiada por los peatones, la sensación de volar plácidos como los gallinazos y sin el susto de un parapente; la oportunidad de apreciar 360º del paisaje montañoso y la singular topografía de nuestra ciudad, sentir el efecto del viento… o incluso servir de terapia barata para los miedosos acrofóbicos.

Lo único que requiere este anteproyecto es superar el conservadurismo local, la “precaucionitis” exagerada de funcionarios de seguridad y los trámites con la burocracia estatal (¿Alcaldía, Fontur, Aerocivil, Mintransporte?).

¡Ojalá ninguna otra ciudad se nos adelante!

 

El vuelo del gallinazo

Y podría promocionarse la experiencia como “El vuelo del gallinazo”.

¿Por qué el gallinazo y no el cóndor de los Andes o el águila de nuestro himno municipal?

Puede ser cualquiera. Sin duda, el cóndor es un ave más distinguida y majestuosa, pero invisible en estos lares. En cuanto a nuestro himno (”...sobre tu frente cruza un águila…”) más bien debieran cambiar el verso porque solo nos cruzan gallinazos con su circunvolar fino y elegante; al parecer, el poeta Eduardo Carranza poco sabía de nuestro entorno aviar.

¿Por qué no reivindicar esta especie continental y local? Este coragyps atratus, (del griego cuerpo-buitre-vestido de negro, de la familia cathartidas: los que limpian) ha recibido inmerecidos estigmas populares y lingüísticos quizás por su color fúnebre, su poco envidiable menú, su rostro arrugado o, más bien, “averrugado” o porque nos miran sin temor, indiferentes, altivos o casi desdeñosos, como si supieran que son más útiles a los humanos que nosotros a ellos.

Ahora que hemos adquirido conciencia ecológica merecen mayor respeto y consideración porque conforman brigadas aéreas de búsqueda y eliminación de restos pestilentes, son pulcros en medio de la carroña y nos dan ejemplo de conducta: ¡son fieles monógamos!

Dejemos el águila a los norteamericanos, el oso pardo a los rusos, el castor a los canadienses y valoremos esta criatura que surca nuestros cielos y aterriza sólo para colaborarnos en la limpieza. Incluso su figura revalorada podría adornar el marco de la telesilla turística. Y quizás hasta curiosos ejemplares se nos acerquen durante el trayecto.

 


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