Foto | Katherine Quintero - Mincultura | LA PATRIA Octavio de Jesús Arbeláez Tobón.
El manizaleño Octavio de Jesús Arbeláez Tobón ganó en diciembre del 2025 el Premio Vida y Obra 2025 del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes.
Esta entidad lo entrevistó luego de recibir este reconocimiento. En ese diálogo Arbeláez Tobón sostuvo que para él, la cultura es polifónica: no se sostiene en monólogos ni soliloquios, sino en una multitud de voces que tejen nuestra identidad.
Al mirarse, dijo, se ve trizado, como reflejado en un espejo fragmentado.
A lo largo de 50 años de trabajo en la gestión cultural, ha sido pionero en la creación y dirección de festivales y mercados culturales en Colombia.
Aunque es abogado de formación, su nombre está ligado a procesos que han marcado el sector cultural, como el Festival Internacional de Teatro de Manizales y Circulart.
Al describirse a sí mismo, lo hace con sencillez. Es “un tipo que trabaja mucho, que cree en lo que hace, lo disfruta y pone su trabajo a disposición de la gente”. El Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes conversó con él sobre su trayectoria a propósito del reconocimiento recibido en el marco de los Premios Nacionales de Cultura.
Lea a continuación la entrevista del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes con Octavio de Jesús Arbeláez Tobón.
- Para usted, ¿qué representa la cultura?
Es el espíritu de un pueblo, para decirlo de manera hegeliana. Es ese rumor que tienes de los ecos de tu historia, de tu pasado, de la vida que luego se transforma en voces presentes que construye futuros. Es ese paso de danza que te abraza y que genera realmente un espacio de encuentro con lo que eres y lo que serás desde la perspectiva de tu nacionalidad o desde la perspectiva de ti como ser humano, individualmente considerada.
- ¿Qué retos y oportunidades ve para las nuevas generaciones de gestores culturales?
Los retos que se proponen para la gestión cultural en un país como Colombia tienen que ver, históricamente, con una generación que trabajaba desde la intuición y desde el empirismo. Entonces, lo primero era la ausencia de conocimiento de un sector que fuera consolidado y que tuviera perspectivas de construcción de futuros. El segundo era la permanente ausencia de recursos en su momento las apuestas por la cultura a nivel regional y local en las ciudades de nuestro país no incorporaban a la cultura como un bien importante, como una inversión importante del Estado. Por lo tanto, era marginal el aporte que se hacía, y se hacía de una manera esporádica, intermitente y no profesional. Enfrentarse a estos retos implicaba consolidar modelos de gestión, crearlos, inventarlos y, sobre todo, generar espacios importantes para que las nuevas generaciones que nos sucedieran pudieran consolidar discursos coherentes y, además, que el Estado empezara a reconocer la importancia de la cultura y la necesidad de invertir en un sector que hoy por hoy es reconocido desde la perspectiva de la filiación, cultura y desarrollo.
- Usted ha sido una figura clave en la construcción de políticas y espacios para las artes escénicas en Colombia y Latinoamérica. ¿Qué lo motivó a dedicar su vida a fortalecer este sector?
Estar en una ciudad como Manizales, que es una ciudad caracterizadamente universitaria, es lo que fundamentalmente nos ha marcado. Nuestra, entre comillas, militancia es la cultura; entonces desde muy jóvenes estamos trabajando y construyendo esas perspectivas de relacionamiento entre un mundo posible y las utopías que queríamos construir desde la dimensión cultural. Así que hacíamos un activismo cultural que colindaba con lo político y desde esa perspectiva construíamos esa posibilidad que nos influenció y nos marcó sobre todo a mi generación.
- ¿Qué lo sigue inspirando a trabajar por la cultura después de tantos años de trayectoria?
En realidad, lo fantástico de la cultura es que siempre se está reinventando y siempre se está descubriendo algo nuevo. Esa posibilidad de encontrar esa nueva canción, ese nuevo sonido, ese nuevo eco que resuena como bebiendo del pasado, pero construyendo futuros. Esa perspectiva que tienes de encontrar a ese nuevo creador. Eso es emocionante y realmente hace que siempre estemos creyendo que hay un futuro, en primer lugar, y, en segundo lugar, que la que la innovación es un factor esencial para el impacto creativo de las formas de la cultura, Llámese teatro, llámese danza, llámese circo, llámese música. Por eso es la potencia creativa de Colombia en el mundo.
- ¿Qué aprendizajes le ha dejado liderar iniciativas como el Festival Internacional de Teatro de Manizales?
Es un descubrimiento importante la consolidación de espacios como los mercados culturales. Gracias a ellos es que aparecen figuras esenciales como la sostenibilidad de las empresas culturales, de los grupos culturales y de los creadores. Originalmente los festivales eran la plataforma a través de las cuales se exhibía la creación de cualquier forma artística que se incorporara a ellos. Desde el teatro, la música o la danza. Pero en la evolución de los tiempos que corren, aparece la figura mercado y esa figura se convierte en plataformas de circulación muy importantes. De allí surge la forma en que se encuentra la perspectiva de generar esos espacios en construcción para que se intercambien ideas y oportunidades, no solo negocios. Insisto mucho en la sostenibilidad del sector cultural.
- ¿Hay algún proyecto que recuerde con especial cariño?
Pues un padre siempre le dirá a usted que no tiene preferencia por ninguno de sus hijos, pero realmente el que recuerdo con más afecto y con más cariño, es el que el último proyecto en el que trabajé en las Islas Canarias, en España, que era ‘El Mercado de Artes Performativas del Atlántico Sur’, mapas que involucraban una relación tricontinental y, sobre todo, priorizaba la relación entre África y Latinoamérica. Para mí ese es el proyecto que más me apasionó en las épocas recientes. Pero desde luego, el que me ha marcado es el Festival de Teatro de Manizales.
- Si mira hacia atrás, ¿qué se diría a sí mismo?
Recuerdo como una experiencia grata que me abría el mundo, es decir, yo estudiaba y trabajaba para ganarme la vida, porque me fui de mi casa muy joven, pero la cultura era como mi refugio. Era el lugar donde me sentía abrazado, donde sentía que había posibilidades de descubrimiento, que había el asombro permanente de encontrarme con imágenes en movimiento, de encontrarme con el teatro, de encontrarme con una música que estaba fuera de lo que de esa época nosotros escuchábamos. Entonces, de esa perspectiva, la cultura fue la base de mi vida y del asombro cotidiano.
Perseverar, perseverar, y tratar de equivocarse menos. En el error se aprende, pero es pensar con sensatez, con pausa, no precipitarse. Realmente, yo pienso que lo que le recomendaría al Octavio en el pasado es que sí siguiera ese camino que nos trazamos desde muy jóvenes.
- ¿Qué le diría a la siguiente generación de gestores culturales?
Es difícil dar consejos o mensajes porque las situaciones individuales, las coyunturas y los medios de desarrollo del trabajo son tan diferentes y las formas de afrontarlo son muy diversas. Entonces lo primero es respetar la diversidad y pensarse desde el territorio. Eso es demasiado importante. Ese pensarse en ese territorio hará que sean universales. Segundo, perseverar en creer que la cultura tiene un poder transformador. Seguir construyendo utopías posibles, creer en ellas, creer que pueden hacerse las cosas, apostar. Se pierde la juventud cuando no se apuesta, cuando no se cae en el riesgo.
*Con información del Ministerio de las Culturas.
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