“Soy sencillamente un empleado público”. Así me presento. Tengo 49 años y me considero un migrante tecnológico. Crecí sin celulares ni internet. Vi llegar los teléfonos con antena, los de tapa, los beeper y después los smartphones. Nunca fui fanático de tener lo último. Solo quería que el equipo funcionara. Pero ahora soy adicto al celular y estoy arruinando mi vida.
Con el tiempo, el celular dejó de ser un aparato básico. Se volvió mi herramienta de trabajo y después, sin darme cuenta, se volvió el centro de mi vida. Conocí en Pereira un grupo de personas interesadas en emprendimientos tecnológicos. Empecé a enseñar, a orientar, a responder dudas. Todo desde el teléfono.
Llegué a interactuar con comunidades de cientos de personas. Atendía chats, hacía llamadas, dictaba conferencias por Zoom. Eso me generó ingresos. Me fue bien. Pero también me atrapó.
Hoy mi rutina gira alrededor de una pantalla
Me levanto a las 5:30 de la mañana y lo primero que hago es revisar el celular. Paso horas viendo redes sociales, videos, información. Dejé de leer libros y de ver noticias tradicionales. Todo lo consumo desde aplicaciones.
Duermo poco. Cinco horas en promedio. A veces menos. Me acuesto y sigo con el celular hasta que el sueño me vence. Muchas veces me duermo con el aparato en la mano.
Si hago cuentas, uso el celular entre 10 y 11 horas al día. Incluso en el trabajo. Mi productividad ha caído más de un 60%. Ya no cumplo igual. Me toca quedarme horas extra para compensar el tiempo que pierdo.
Pero el impacto más fuerte está en mi familia. Mi esposa me reclama. Dice que ya no le hablo. Tiene razón. Yo oigo, pero no escucho. Mis hijas también lo notan.
Mi hija menor empezó a alejarse cuando tenía unos 8 años. Hoy tiene casi 13. Su imagen de mí es clara: su papá siempre con un celular en la mano. Dejé de jugar con ella, de salir a caminar, de compartir.
Incluso en la mesa sigo conectado
En el cine reviso el celular. En la calle camino sin levantar la mirada. En el transporte público perdí paraderos por no despegarme de la pantalla.
Lo más grave ocurre cuando conduzco. Reviso el celular en semáforos y también en movimiento. He estado cerca de sufrir accidentes. Sé el riesgo que corro.
También lleno mi tiempo con juegos. Descargo aplicaciones, las domino en pocos días y las elimino. Luego busco otras. No es el juego, es la necesidad de tener el celular en la mano.
Reconozco que tengo una adicción
Lo confirmé cuando los problemas familiares aumentaron y cuando mi desempeño laboral cayó. Busqué ayuda profesional, pero abandoné el proceso tras pocas sesiones.
La tecnología también afecta mi salud. Subí de peso, siento ansiedad, duermo mal. Intento corregirlo, pero incluso eso lo hago desde el celular: busco rutinas, dietas, consejos.
Sé lo que está en juego. “Esto me puede costar mi hogar, mi trabajo o un accidente”, digo con claridad. Aun así, me cuesta parar.
Por eso acepto un reto ante LA PATRIA. Voy a eliminar aplicaciones de redes sociales y juegos. Me quedaré solo con herramientas básicas de comunicación. Quiero ver qué pasa con mi vida sin ese consumo constante.
No es fácil. “Sé que tengo el problema, pero controlarlo es muy difícil”, admito. Aun así, doy el paso. Este lunes 13 de abril inicio.
Dentro de un mes contaré qué cambió. Este no es solo mi caso. Es el reflejo de una dependencia que crece en silencio.
Señales de alerta
Uso excesivo diario
Problemas familiares
Bajo rendimiento laboral
Alteraciones del sueño
Ansiedad sin el dispositivo
El reto de David
Eliminar redes sociales
Borrar juegos móviles
Mantener solo apps esenciales
Evaluar cambios en un mes
¿Qué hacer desde la psicología?
Melissa Molina Ossa (psicóloga clínica): "Para poder tratar o prevenir la adicción al celular es importante partir de entender qué función está cumpliendo en la vida de la persona. Las adicciones suelen aparecer para tapar algo, así que muchas veces el celular no es el problema en sí, sino una forma de regular el aburrimiento, la ansiedad, la soledad o incluso de evitar pensamientos o emociones difíciles.
Desde ahí, prevenir no sería solo limitar el tiempo de pantalla de manera impositiva, sino empezar a desarrollar la capacidad de estar con uno mismo, tolerar el vacío, el silencio o el malestar sin necesidad de llenarlo inmediatamente.
Superar el uso problemático no pasa tanto por prohibir o controlar, sino por hacer consciente la relación que se tiene con el celular: cuándo lo uso, para qué, qué estoy evitando o buscando ahí. A veces, cuando algo se vuelve excesivo, no se trata de quitarlo de golpe, sino de escucharse e ir entendiendo qué está sosteniendo ese uso para abrir otras formas de tramitar lo que aparece.
En ese sentido, no se trata solo de “dejar el celular”, sino de tener más formas de manejar lo que sentimos y de apoyarnos en otras personas, para que el celular deje de ser el único lugar donde algo se calma o se encuentra refugio.
El problema no es el celular, sino cuando se vuelve el único lugar donde una persona puede calmar lo que le pasa o lo que siente".
Harold León (psicólogo y docente): "El mayor problema es la permisividad de los padres, que utilicen el celular y los medios tecnológicos como herramienta para entretener a los hijos, el poco tiempo de interacción entre padres e hijos y la no utilización del tiempo libre en actividades diversas.
A partir de este comentario considero que una solución es no darle celulares a los niños en edades tempranas, volver a actividades lúdicas, desarrollar juegos de mesa, salir al campo abierto, volver a juegos tradicionales y proponerles actividades variadas y motivantes".
Castigan redes sociales por ser nocivas para la salud
NEW YORK. El pasado 25 de marzo un jurado de Los Ángeles condenó a Meta y YouTube a pagar 6 millones de dólares a una menor por afectar su salud mental por su adicción a Instagram, al considerar que el diseño de sus plataformas contribuyó a su ansiedad y depresión. Lo importante del fallo es que cambia el enfoque legal: deja de centrarse en los contenidos y apunta al diseño adictivo de las plataformas.
Como consecuencia de la sentencia, el pasado 1 de abril el periódico The New York Times publicó un artículo de Katrin Bennhold en el que advierte que este caso podría marcar un precedente comparable al de la industria tabacalera.
Según recoge el análisis de la periodista Cecilia Kang, “es lo más cerca que hemos estado de ver una verdadera rendición de cuentas por parte de estas empresas de redes sociales”.
El eje del debate se centra en el diseño de las plataformas. Los demandantes sostienen que no se trata solo de contenidos, sino de estructuras deliberadamente adictivas: “las empresas tecnológicas han creado plataformas adictivas… herramientas como el desplazamiento infinito y las recomendaciones algorítmicas hacen que los usuarios quieran volver por más y más” (Katrin Bennhold, The New York Times).
Este enfoque busca derrotar el amparo legal de la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones, que históricamente ha protegido a las plataformas al no hacerlas responsables del contenido publicado por los usuarios. Ahora, la discusión se traslada al diseño del producto: “no nos preocupa la libertad de expresión… nos preocupa la manera en que ustedes diseñaron sus plataformas para que sean perjudiciales y adictivas” (Katrin Bennhold, The New York Times).
El fallo abre la puerta a una ola de litigios. Bennhold señala que “ya se han presentado más de 2000 casos, y cuantos más se ganen, más crecerá la avalancha”.
Más allá de lo jurídico, el impacto clave sería reputacional: “lo que realmente temen es que el público diga: ‘ya basta, estamos perdiendo a nuestros hijos por la adicción a las redes sociales’” (Katrin Bennhold, The New York Times).
El debate ya impulsa medidas concretas en varias naciones, como restricciones de edad o limitaciones al uso en menores, en una tendencia que replica las regulaciones aplicadas al tabaco. Países como Australia, Francia y España ya avanzan en restricciones de acceso para menores, lo que indica una tendencia regulatoria creciente.