Caldas en el Senado: la fuerza que no podemos perder

En la Cámara de Representantes, Caldas tiene asegurada su voz. Cinco curules que, por mandato constitucional, garantizan presencia en la cámara baja. Pero en el Senado, donde se define el pulso real del poder político nacional, la historia es otra. Allí no existen cupos regionales. Allí la representación se gana voto a voto. Y Caldas la ha venido perdiendo.

Hubo un tiempo en que nuestro departamento llegó a tener hasta cinco senadores. No es un dato menor. Coincidió con los años en que decir Caldas era sinónimo de liderazgo, infraestructura, banca propia, industria pujante y visión empresarial. Coincidió con esa época en la que una comarca enclavada en el corazón de Colombia decidió que la geografía no sería excusa sino desafío.

Fuimos capaces de conectar la cordillera con el Magdalena a través del Cable Aéreo Manizales–Mariquita, la obra de ingeniería más ambiciosa de su tiempo. A lomo de mula abrimos trochas que prepararon la llegada del ferrocarril. Reconstruimos la imponente Catedral Basílica Metropolitana de Manizales, la más alta de Latinoamérica en su momento. Levantamos empresas donde otros veían abismos. Convertimos una taza de café en el motor económico de una nación. Nada de eso fue casualidad. Fue visión. Fue liderazgo. Fue representación.

Hoy la discusión no es nostálgica, es estratégica. En las elecciones parlamentarias de 2022, cerca de 280 mil caldenses votaron al Senado por candidatos nacidos en otros rincones del país. Votos que salieron del territorio y que, con ellos, diluyeron nuestra capacidad de incidencia.

No se trata de regionalismo ciego. Se trata de realismo político. Un departamento sin senadores propios queda en desventaja cuando se reparten las prioridades nacionales. Mientras otras regiones llegan con bancadas sólidas, cohesionadas y con agenda común, nosotros fragmentamos nuestra voz y en política, quien no suma, pierde.

La yunta entre política, emprendimiento y empresa es innegable. No hay ecosistema empresarial fuerte sin gestión legislativa. No hay competitividad regional sin incidencia en el presupuesto general. No hay infraestructura estratégica sin dolientes en las comisiones económicas, sin presencia en las mesas donde se definen los grandes proyectos. La empresa necesita estabilidad normativa. El emprendimiento requiere incentivos. La industria demanda infraestructura, conectividad y crédito. Y todo eso pasa por el Congreso.

Si los votos se vuelven a fugar, si volvemos a elegir liderazgos que no sienten como propio el destino del departamento, no habrá bancada caldense que defienda nuestras vías, nuestros proyectos productivos, nuestras universidades, nuestros empresarios. No habrá quien levante la mano cuando se discutan las prioridades de Caldas frente a otras regiones que sí actúan como bloque. No es un tema de orgullo. Es estrategia.

Caldas inscribió su nombre en la vida pública nacional cuando entendió que la representación política era una herramienta de desarrollo. Cuando sus liderazgos empresariales y sus liderazgos públicos caminaban en la misma dirección. Cuando la montaña no fue obstáculo sino símbolo de carácter. Hoy tenemos nuevos liderazgos llamados a emular esa gesta. Pero ninguna candidatura regional sobrevivirá si el voto caldense se dispersa.

Este 8 de marzo no solo elegimos senadores. Elegimos si queremos volver a tener voz propia en la cámara alta o resignarnos a que otros hablen por nosotros. Porque el presupuesto se define donde hay presencia, las obras se priorizan donde hay gestión y el desarrollo florece donde existe representación.

Caldas no puede darse el lujo de seguir perdiendo su asiento en la mesa donde se toman las decisiones nacionales. Si queremos volver a decir, sin nostalgia y con hechos, que Caldas es grande debemos empezar por votar como región y asumir una verdad política que hoy cobra más sentido que nunca: caldense vota caldense.

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