En Caldas los feminicidios no paran. Luisa Ricaurte, asesinada en La Dorada, o Cindy Yanine Cardona Marín, en Aranzazu, son dos casos que estremecieron al departamento este año. Se suman a una larga lista y no son hechos aislados ni “mala suerte”. Detrás de cada feminicidio hay señales previas, advertencias ignoradas, violencias normalizadas, y el factor común son las exparejas, no como un exceso emocional del “amor”, sino como un acto de poder, una pedagogía cruel de dominio.
Según el Observatorio de Feminicidios en Colombia, al 17 de septiembre del 2025, Caldas registraba una cifra de 11 feminicidios, y en el país la cifra supera 564 asesinatos de mujeres por motivos de género. No son cifras frías. Son vidas interrumpidas, familias en duelo.
Quizás quien lea esta columna pueda llegar a decir que también asesinan hombres, hecho cierto en un país donde pulula la violencia, pero no equiparable, pues a nosotros no nos matan por ser hombres. A ellas sí por ser mujeres.
También suele decirse que “no todos los hombres son agresores”, pero lo cierto es que muy pocos actúan públicamente contra los agresores. La mayoría ocupa zonas grises e incluso unos tantos alientan. Quienes ignoran, evitan, minimizan o simplemente no se involucran cuando ven señales de alerta, con esa pasividad-omisión, con ese “no es conmigo”, con “es mi amigo”, con “por algo fue que lo hizo”, sostienen y promueven la violencia. Por eso es tan grave la frase del presidente Petro, expresada en X, cuando en referencia al caso de Karen Santos, agredida por su esposo, Ricardo Leyva, cercano a su ministro Benedetti y contratista de su Gobierno, dijo: “Yo no me meto en esas peleas. De ahí solo se sale aruñado por todas partes”.
El mensaje es devastador. Un jefe de Estado que decide no “meterse” es parte de la metástasis que expande el cáncer frente a la violencia contra las mujeres. La neutralidad disfrazada de prudencia es un pacto tácito que protege al agresor con frases que dan cuerpo a la misoginia porque buscan castigar a las mujeres que denuncian y excusan a los agresores.
La pregunta que nos debemos hacer es sencilla e ineludible: ¿De qué lado estamos? Del lado de los que callan, justifican, se hacen los distraídos ante los gritos de la casa vecina, ante el comentario controlador del amigo, ante la amenaza camuflada en amor, o del lado de quienes rompen el acuerdo tácito machista y actúan, no como acto heroico, y sí para escuchar, acompañar, denunciar, confrontar, llamar a una línea de atención, creer en la víctima, poner el peso de la opinión al servicio de la vida, de la justicia.
Las uñas violeta, desde el color de la resistencia, no como un lujo, es un recordatorio de vidas que exigen justicia y una invitación para que los hombres dejemos de ser espectadores. La violencia basada en género existe, es estructural, y requiere de voces que ayuden a detenerla. Requiere aprender y sobre todo, desaprender.
Que el 2026 sea el año en que se cruce la frontera, del silencio a la acción, de la comodidad a la responsabilidad, de la indiferencia a la defensa de la vida.