Imagina una telaraña sedosa, compleja, fascinante a la luz. Un prodigio de ingeniería natural en el que el insecto, atraído por su brillo, se posa para admirarla y, antes de darse cuenta, queda atrapado. Sus hilos, tan finos, son ahora barreras fatales. Esta imagen, es ejemplo de nuestra relación con las pantallas que son creaciones brillantes, útiles, divertidas, que tejemos en el salón, en el bolsillo, en la habitación y un día, nos hacen descubrir que somos el insecto inmovilizado, viendo pasar la vida real a través de una malla informativa.
Conocí a un muchacho de 14 años, inteligente, curioso; su padre, un hombre ocupado, vio en la última consola de videojuegos la solución perfecta, un dispositivo moderno en casa. Al principio, era el premio de los sábados, luego, la rutina de las tardes, después, el refugio. El joven empezó a medir su semana en función de los niveles que superaría y dejó de hacer planes, sus conversaciones se poblaron de términos de un mundo fantasmagórico, mientras que el real, el de la mesa familiar, el del fútbol, se volvió plano, lento y aburrido. Así fue el silencio progresivo de un joven que, hilatura a hilatura, fue quedando atrapado en su telaraña de estímulos digitales.
Pensamos en “adicción” como un concepto lejano, y nos perdemos la sutil epidemia del “secuestro silencioso”, el de las pantallas, diseñadas con una estrategia brillante y a veces despiadada, que ofrece lo que el mundo real, en su caótica y demandante realidad, a veces niega: la recompensa inmediata, el control absoluto, la validación social sin el riesgo de dar la cara, o la aventura sin peligro.
El problema es cuando el videojuego deja de ser un pasatiempo y se convierte en el mundo y cuando la pantalla se convierte en el único amigo. Esta batalla se libra en el terreno de la atención, que es el nuevo campo de confrontación de la voluntad, y aquí, padres, madres, educadores podemos ofrecer una competencia necesaria. El padre del muchacho antes citado, podría proponer un trueque: “Una hora de bici de montaña el sábado por la mañana, a cambio de una tarde de juego”. Al principio una queja, pero insistiendo, lograría sudar en una cuesta, ver un paisaje real, y el joven experimentaría algo que la pantalla no puede simular: el agotamiento, la conversación con su padre y el sabor del aire libre.
La pantalla debe ser competida y cuando hay competencia la elección se convierte en libertad, por eso la clave está en entender que no luchamos contra la tecnología, sino por la humanidad de nuestros hijos. Las pantallas son herramientas magníficas que, por definición, deben ser sostenidas por una mano y dirigida por una mente.
De tal manera que antes de caer en las redes de la virtualidad, pensemos que el mundo es demasiado grande, demasiado hermoso y demasiado interesante para vivir en su reflejo digital, por ello, no dejemos que la telaraña de la comodidad nos atrape, rompamos un hilo y salgamos. Respiremos. Y llevemos a alguien con nosotros.