“La primera víctima de la guerra es la verdad”, es una frase del dramaturgo griego Esquilo (525-456 a.C.) que por su contundencia, se mantiene vigente y relevante aún hoy en día y lo que es peor, en cada vez más escenarios además del bélico.

La frase sugiere que durante una guerra se puede esperar que las partes en conflicto acudan a mecanismos para imponer un relato, distorsionar la realidad, ocultar las verdades y manipular las narrativas, no solamente como una estrategia de guerra sino como una acción política.

En la actualidad, el internet es la gran autopista por donde circulan, a toda velocidad, ingentes volúmenes de información y de desinformación, y con ello, la verdad, si acaso aparece, sólo lo hará al cabo de algunos años o décadas luego de que se decanten el humo, el ruido, las mentiras, las tergiversaciones y los engaños.

Un buen ejemplo es lo estamos viviendo con la reciente invasión a Venezuela por parte del Ejército de Estados Unidos y la posterior captura del dictador Nicolás Maduro. Algunos grandes medios de comunicación con un dejo de resignación, han dicho que la verdad sobre los orígenes, el modus operandi y las motivaciones tal vez nunca las sabremos.

A lo largo de la historia, la verdad ha sido un factor de tensión en diferentes ámbitos de la vida pública y privada. Entre los filósofos clásicos, Platón y Aristóteles debatieron acerca de la tensión entre la verdad (episteme) y la opinión (doxa), y en “El Príncipe”, Nicolás Maquiavelo justifica el uso de la mentira y el engaño en la política, lo cual a primera vista puede sonar escandaloso, pero desde otra perspectiva se puede considerar que Maquiavelo indica que en política algunas mentiras pueden justificarse para evitar confrontaciones estériles o discusiones banales.

En estos meses de campañas políticas hemos escuchado múltiples versiones acerca de los mismos hechos. La situación económica del país, por ejemplo, para algunos es mala mientras que para otros es buena. Y ambas opiniones son válidas si están basadas en datos ciertos. Pero como fue advertido desde Grecia: una cosa es la verdad y otra la opinión. El pensamiento crítico trata sobre esta capacidad de diferenciación muy básica, pues en la mayoría de las ocasiones lo que recibimos son opiniones sobre los hechos, no necesariamente verdades y con frecuencia en escenarios políticos, información deliberadamente falseada.

Y como bien lo anotaba hace cuatro años Juan Samuel Santos, profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Javeriana, en entrevista con Natalia Arbeláez Jaramillo para La Silla Vacía: “Lo que está en juego con las mentiras no es lo que la gente termina creyendo sino cómo termina comportándose. El engaño corrompe la forma como evaluamos e intercambiamos la información…”.

Ojalá tomemos conciencia de que mucho menos que verdades, a través de internet estamos recibiendo una avalancha de opiniones personales, interpretaciones, aproximaciones a los hechos desde perspectivas particulares que privilegian ciertos aspectos o que persiguen ciertos objetivos perversos como provocar miedo, indignación o ira.

Por muy confiable que nos resulte la fuente o el personaje que la emite, es simplemente su opinión. Se trata de no renunciar a ser humano, se trata de reflexionar, revisar, confrontar y construir una perspectiva amplia acerca de los hechos y luego, construir una opinión propia que tampoco será la verdad. Nos ahorraríamos muchas emociones negativas y facilitaríamos el diálogo democrático.