A veces me pregunto en qué momento confundimos el diseño con el simple adorno. En qué curva del camino decidimos que la arquitectura era un ejercicio de maquillaje y no un acto de profunda responsabilidad ética. Hoy parece que lo único que importa es que el proyecto soporte la luz de un render o que se vea impecable en la fotografía de una inauguración, aunque por dentro sea un desierto de propósito. Estamos engalanando a Manizales con una suerte de anticultura, en la que el cemento brilla pero el alma de la comunidad está ausente.
El verdadero diseño no es una elección de materiales de moda ni un capricho de la geometría. Es un tejido que se hace con el clima que nos moja, con la topografía que nos exige el cuerpo y con la memoria de quienes caminan la calle. Como bien decía Jan Gehl, la vida sucede entre los edificios, y si esa vida no encuentra un lugar donde echar raíces, la construcción es apenas un estorbo en el paisaje. Estamos creando una escenografía urbana que entra por los ojos, pero que deja la piel fría y el corazón vacío. El Centro de Ciencia y Tecnología en Villamaría es síntoma de esta enfermedad: un edificio que se deteriora en el silencio del desuso, con puertas que no abren y espacios que nadie habita. O el cable aéreo a Los Yarumos, estructura que hoy es poco más que chatarra de altura porque se pensó desde la frialdad de un escritorio y no desde la necesidad del ciudadano.
Con una ligereza que asusta nos jactamos de cuánto dinero logramos restarle al presupuesto del diseño, como si el pensamiento y el estudio riguroso fueran rubros sacrificables, sin entender que ese ahorro es, en realidad, comprar el fracaso por cuotas. La opción más barata no es una gestión eficiente, es una sentencia de muerte para la calidad y para la dignidad de lo que habitamos.
Incluso en el Bulevar de la 48 cometemos el error de creer que ampliar un andén es suficiente. Si el espacio no tiene el afecto de la sombra, si no invita a la pausa y al encuentro, es solo una vía decorada, pero sin latido. Lo mismo nos pasa con la Juan XXIII; nuestro patrimonio es un organismo vivo que exhala historia, y si la norma o el desconocimiento lo asfixian en lugar de darle futuro lo estamos condenando a ser un museo estéril. Juhani Pallasmaa nos recordaba que la arquitectura se siente con todo el cuerpo, y un edificio que no genera pertenencia es, simplemente, una ruina prematura.
La política se ha vuelto un trabajo egoísta cuando se busca ser recordado por un hito de mármol, en lugar de serlo por el desarrollo cultural de una comunidad. El éxito de un arquitecto o de un gobernante no debería medirse por la altura de su edificio o por el ahorro contable de su diseño, sino por cómo ese espacio transforma el barrio y cuida al más vulnerable. Debemos recuperar el urbanismo del afecto y eliminar el ego de la placa escrita. Al final del día, la ciudad no es el cemento; es el lugar de la igualdad, la memoria colectiva y el derecho a vivir con dignidad. Si no hay cultura en lo que construimos, solo nos queda el vacío decorado.