En Manizales hablamos, con razón, de la falta de espacio público. Lo repetimos en diagnósticos, foros y conversaciones cotidianas. Pero hay una verdad más incómoda: no es solo que falte espacio, es que tampoco sabemos usar el que tenemos. La ausencia de cultura urbana se vuelve tan grave como cualquier vacío normativo.
Como plantea Jordi Borja, el espacio público debe ser el lugar de la igualdad: un territorio compartido donde ninguna actividad privada domine al resto. Sin embargo, en nuestra práctica cotidiana se convierte en un campo de apropiaciones sucesivas. Todo comienza con el “ya que”:
Ya que tengo una caseta, ¿por qué no poner un techo?
Ya que tengo un techo, ¿por qué no unas mesas?
Ya que tengo unas mesas, ¿por qué no ocupar un poco más?
Ese “ya que” es la semilla del abuso urbano. Una lógica que empieza tímida y termina consolidada, alterando profundamente el sentido del espacio público.
Un caso evidente está en las terrazas comerciales. La ciudad está avanzando hacia su legalización, entendiendo que pueden activar la calle, mejorar la economía local y darle vida al andén. El problema no es la terraza: es cuando algunos negocios llevan la expansión al límite, desdibujan la noción de terraza y la convierten, en la práctica, en un segundo local comercial. Cerramientos, cortinas, vitrinas, muebles fijos… lo que nació como extensión ligera del espacio público termina transformado en un ambiente privado camuflado. Ya no es terraza: es área de negocio sobre suelo que no les pertenece.
Más grave aún es cuando algunos restaurantes deciden techar los andenes. Aquí no se trata de una licencia mal concedida: simplemente no existe una licencia posible para hacerlo. Un andén techado deja de ser un espacio de tránsito y se convierte en parte de un establecimiento. Es una privatización total de lo que debería ser libre, abierto y común. Es el ejemplo más claro de cómo la arquitectura improvisada puede quebrar la vocación pública de la ciudad.
Lo mismo ocurre con la conquista espontánea de vacíos urbanos: retiros, bahías, antejardines y microplazas que, en cuestión de semanas, se transforman en bodegas improvisadas, estacionamientos informales, puntos de venta o extensiones de bares que colonizan la calle como si fuera un apéndice natural de su negocio.
A esto se suman otros abusos cotidianos: convertir parques en discotecas temporales durante ferias, permitir que la fuerza pública ocupe canchas y plazas para usos restrictivos, dejar que vendedores externos a la plaza de mercado desplacen a quienes han sostenido por décadas ese ecosistema, o permitir que la noche deje huellas de desorden, mugre y desprecio por el entorno.
El urbanista Carlos Moreno lo sintetiza con claridad: Ninguna ciudad, por más infraestructura que construya, puede sostener una vida pública sana si la ciudadanía y las instituciones no desarrollan un sentido profundo de corresponsabilidad. Sin respeto por lo común, cualquier espacio está condenado al deterioro.
Sí, a Manizales le falta espacio público. Pero antes de reclamar más metros cuadrados, debemos reconocer algo esencial, no hemos aprendido a habitar lo que ya tenemos. El reto no es solo construir más parques o andenes, sino reconstruir la cultura urbana que impida que cada vacío sea visto como un botín y cada espacio libre como una oportunidad de expansión privada.
El problema no es la falta de espacio público, es la falta de responsabilidad colectiva. Si no cambiamos nuestra cultura urbana, cualquier metro que ganemos lo volveremos a perder.