El 2026 no debería entenderse como la prolongación de una celebración por los premios y reconocimientos obtenidos el año anterior. Debería asumirse, más bien, como un año de responsabilidad colectiva. Los buenos indicadores no son un punto de llegada, sino un punto de partida. Mantenerlos -y superarlos- exige una ciudad consciente de su papel como referente entre las ciudades intermedias del país y de la región.

Manizales ha demostrado que puede hacerlo bien. Sin embargo, muchas veces nos quedamos cortos no por falta de capacidades, sino por no traducir esos logros en transformaciones urbanas profundas y cotidianas. Más allá de los premios, lo que realmente debe liderar la ciudad son los factores urbanos que nos representan como comunidad: cómo nos movemos, cómo habitamos, cómo cuidamos y cómo reparamos.

El primer gran reto para este nuevo año es consolidar una ciudad verdaderamente inclusiva. La movilidad no puede seguir pensándose de manera fragmentada ni jerárquica. Una ciudad contemporánea es aquella donde conviven peatones, transporte público, vehículos particulares, bicicletas y medios alternativos, pero con una prioridad clara: el enfoque intergeneracional y las personas con discapacidad.

Diseñar la movilidad desde la equidad no es una concesión, es una obligación ética. Como lo plantea Jeff Speck, caminar es la forma más sostenible, saludable y equitativa de transporte, y una ciudad que invita a caminar es una ciudad que cuida a su gente. Cuando una ciudad puede ser recorrida con dignidad por un niño, un adulto mayor o una persona con movilidad reducida, es una ciudad que avanza.

El segundo desafío es comprender que el verde urbano no es un adorno ni un lujo, sino una infraestructura esencial. No basta con hablar de sostenibilidad en términos técnicos o de economía circular. Manizales necesita que el verde crezca de manera exponencial: más árboles, más corredores ecológicos, más espacios donde el cemento y la vegetación cohabiten sin miedo. La ciudad debe reconocer, además, que el paisaje y la naturaleza son aliados directos en la salud mental de sus habitantes. Espacios de recreación pasiva, de contemplación, de descanso y de introspección no son espacios improductivos; son espacios que cuidan.

Durante años se ha construido un temor injustificado hacia los bosques urbanos y, más recientemente, una desconfianza hacia los bulevares, marcada por errores de administraciones pasadas. Es momento de dejar de demonizar estos espacios. Caminar, sentarse a la sombra, encontrarse con el otro y con uno mismo es parte fundamental de una ciudad segura y humana. Como advierte Richard Louv, el contacto con la naturaleza no es un lujo, es una necesidad humana básica. Diseñar para coexistir con el verde es diseñar para el bienestar colectivo.

El tercer punto -quizá el más urgente- es reconocer la deuda histórica con los territorios urbanos que han sido destruidos, fragmentados o abandonados. El barrio San José es uno de ellos. No es solo un lugar en el mapa, es una comunidad que espera una transformación real con espacio público digno, arquitectura contemporánea y proyectos capaces de volver a conectarlo urbana y socialmente con la ciudad. La reparación no puede ser simbólica; debe ser espacial, social y visible. Como recordaba Aldo Rossi, la ciudad es el lugar de la memoria colectiva, y cuando un barrio es borrado o aislado esa memoria también se fractura.

El 2026 nos exige madurez urbana. Nos pide dejar de medirnos únicamente por indicadores y empezar a evaluarnos por la calidad de vida que ofrecemos. Los premios pueden llegar -o no-, pero lo verdaderamente importante es que Manizales lidere desde el ejemplo: una ciudad inclusiva, verde y capaz de reconciliarse con sus propias heridas urbanas. Esa es, hoy, la verdadera responsabilidad de estar a la altura.