Educación
04 Jun, 2026

El teléfono roto de la educación

Basta ya de tratar la educación como una línea de ensamblaje en la que cada etapa se desentiende de la anterior.

El profesor de primer semestre suspira frente a un aula de jóvenes que, según él, no saben leer ni razonar. A pocos kilómetros, el gerente de una multinacional frunce el ceño ante el currículo de un recién graduado que rebosa títulos, pero carece de iniciativa. Es la coreografía clásica de nuestra educación: las universidades culpan a los colegios, y las empresas culpan a las universidades. Mientras tanto, en el centro de este fuego cruzado, el estudiante carga con el estigma de ser el único responsable de un sistema que no sabe hacia dónde camina. La pertinencia educativa no es un concepto técnico que se resuelve en el despacho de un burócrata; es, ante todo, un diálogo social que hemos postergado por décadas. No podemos seguir permitiendo que la formación académica y el mundo productivo funcionen como dos extraños que hablan idiomas distintos. La pregunta no es qué les falta a los jóvenes, sino quiénes deben sentarse a la mesa para definir qué habilidades son las que el presente exige. ¿Es tarea del gobierno local, de las universidades o del sector productivo? La respuesta es incómoda: es una responsabilidad compartida que requiere dejar de señalar y empezar a escuchar. Para que la educación sea pertinente debemos entender que el arsenal de un profesional moderno ya no se limita a la técnica. Por supuesto que el conocimiento académico es la base, pero hoy la "afectividad", la constancia y la comunicación directa son tan vitales como un título de ingeniería. No estamos formando máquinas de procesamiento de datos, sino seres humanos que deben resolver problemas con creatividad y trabajar en equipo en contextos de alta incertidumbre. Sin embargo, estas habilidades no surgen por generación espontánea; deben ser el resultado de acuerdos claros entre rectores, docentes, empresarios y, fundamentalmente, los padres de familia y los propios estudiantes. Este diálogo, además, debe tener los pies en la tierra. La pertinencia debe ser regional. No tiene sentido formar ejércitos de profesionales en áreas que no guardan relación con las apuestas productivas y los intereses del territorio donde habitan. Una universidad que ignora su entorno es una torre de marfil condenada a la irrelevancia. Necesitamos que los programas académicos estén alineados con la realidad del suelo que pisan sus estudiantes. Basta ya de tratar la educación como una línea de ensamblaje en la que cada etapa se desentiende de la anterior. La pertinencia es el sedimento de una conversación honesta. Si no logramos que los actores del mundo académico y productivo se miren a los ojos y acuerden una hoja de ruta, seguiremos entregando diplomas que solo sirven para engrosar las filas de la frustración. La educación no es un problema de los jóvenes; es el proyecto más urgente de nuestra sociedad y ya es hora de que los que deberían mostrar su liderazgo lideren esta conversación.