Me invitó el padre Jairo Carmona el domingo pasado a conocer su nueva sede en el barrio Aranjuez, aprovechando que sus feligreses de la Parroquia María Auxiliadora estaban de festival.

Definitivamente, Manizales es muy grande, porque nunca había ido hasta ese extremo de la ciudad, ubicado en un costado del morro Sancancio.

Conocía el barrio, pero no el templo ubicado en todo el rincón del barrio, como resguardado. Habla del encanto de nuestra ciudad de como este barrio trasmite un ambiente original.

Fue construido como barrio residencial y como tal permanece.

Aquí las viviendas son la sede de familias, no hay edificios desproporcionados aglutinando más gente de la que las vías pueden evacuar y el comercio se limita a las tiendas tradicionales.

Conserva Aranjuez lo que muchos otros barrios de Manizales, por ejemplo, La Francia o La Enea, perdieron sacrificando la tranquilidad de sus primeros pobladores, dizque por alcanzar un mundo agitado y comercial.

Recorrí las calles como asombrado turista que ausculta el alma de ese territorio, que sabe que debe fijar la mirada, no en edificios y monumentos históricos, sino en otras atracciones más difíciles de detectar.

Hice preguntas y disfruté de un paisaje que desde el Centro, donde vivo, no logro ver nunca y me sentí a gusto en esa otra Manizales.

Señalando un edificio ubicado diagonal al templo me dijeron que era el Colegio Aranjuez y que llevaba mucho tiempo cerrado debido a la escasez de niños.

Me sorprendió que un edificio, de buen tamaño, de dos pisos y en material, estuviera desocupado.

Creía que los edificios, el Estado los abandonaba preferiblemente cuando eran de arquitecturas patrimoniales como venía sucediendo con el antiguo Instituto Universitario, mal llamado Juan XXIII.

Aquí vi que, al Estado, situaciones como la reducción de la población juvenil, se le convierte en un cuello de botella infranqueable, en un drama con fin fatal.

Me pregunto: ¿Qué propietario se puede dar el lujo de dejar tantos metros cuadrados construidos sin oficio, léase renta? Sospecho que este no es el único caso, creo que el municipio cuenta con más elefantes de color blanco.

Pregunto: ¿Por qué no se destinan para otro fin? ¿Por qué no se venden esos inmuebles? ¿Por qué no los convierten en vivienda? ¿Por qué el Estado no prevé ese tipo de coyunturas desde lo legal y lo operativo y en vez de abandonar, se proyecta?

Curioso: vi al lado del colegio sin oficio una cancha con techo; al frente otra nueva más grande con magnífica cubierta y al lado del templo, o sea al frente de la gran cancha nueva, una tercera.

¿Qué pasa en Manizales que en menos de dos cuadras hay tres canchas? No dudo de lo atléticos que son los arancetanos, pero no creo que puedan aprovechar tanto espacio deportivo techado a la vez.

Vemos como en el idílico Aranjuez, la Administración peca por exceso y no cumple por falta de prevención.